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domingo, 11 de abril de 2021

Capítulo 7. Felipe, el marido de la Reina

El 10 de junio de 1921, encima de la mesa del comedor, venía al mundo Felipe de Grecia y Dinamarca, hijo de la princesa Alicia de Battenberg y del Príncipe Andrés de Grecia y Dinamarca. Así de primeras nos podríamos imaginar que a Felipe le esperaba una vida de lujos y oropeles, pero la triste realidad es que los padres de Felipe eran pobres como ratas.

El duque de Edimburgo con alrededor de un año.
Hoy en día, Instagram los hubiera sacado de pobres.
Por si esto fuera poco, apenas un año después de nacer, en Grecia se produjo un golpe de estado, el rey Constantino I de Grecia - abuelo de la reina Sofía - fue obligado a abdicar y toda la familia real tuvo que salir por patas, bajo amenaza de ejecución. Tal era la movida que al pequeño Felipe lo metieron en una caja de naranjas, por su propia seguridad. Un follón de narices, vamos. Como su abuela materna era nieta de la reina Victoria (protagonista del primer capítulo de esta saga), la familia tenía buena relación con la casa real británica, lo que le facilitó la huida en el buque de guerra británico Calypso, que los llevó a Francia.

Allí llegaron con una mano delante y otra detrás, pero como hay que tener familia hasta en el infierno, en París se alojaronen una casa que su tía, María Bonaparte (sobrina bisnieta de Napoleón) les prestó. María les dijo lo típico que se dice en estos casos: "vosotros no os preocupéis, lo que os haga falta, el tiempo que haga falta". Ocho años estuvieron acoplados. Ocho años. No consta si María llegó a plantearse llamar a una empresa de esas que te desokupan el piso en veinticuatro horas, pero yo no lo descartaría. 

Durante esta época, Alicia, la madre de Felipe, trabajaba como dependienta en una tienda de productos griegos. Los veranos los pasaban de casa de familiar en casa de familiar, viviendo la vida loca, mientras que el pobre Felipe iba pasando de mano en mano, como la falsa moneda. Claro, con esos mimbres, el arbolico se les fue torciendo un poco y Felipe se convirtió en un niño un poco kamikaze, vamos, un terrorista de la vida. 

- ¿Qué tiran los indios?
- ¡Flechas!
- ¡Pues pa tu culo van derechas!  
La infancia de Felipe transcurría sin muchos sobresaltos. Con siete añitos, a Felipe lo mandaron a vivir con su abuela materna al palacio de Kensington y luego, con su tío Jorge Mountbatten a Berkshire. ¿Os habéis fijado en que la madre de Felipe se apellidaba Battenberg, pero su tío Mountbatten? Pues tiene su explicación. Alicia nació en el palacio de Windsor en 1885, mucho antes de que tener apellido alemán en Reino Unido estuviera tan mal visto. Unos años después, en 1917, al tiempo que la familia real inglesa cambiaba su apellido de Sajonia-Coburgo a Windsor, el abuelo de Felipe, padre de Alicia, decidía cambiar el apellido de su familia de Battenberg a Mountbatten ("berg" significa montaña en alemán). Alicia, que se había casado con Andrés de Grecia y Dinamarca en 1903 siguió usando el apellido en su versión alemana, ya que en Grecia no le suponía tanto problema. 

"Me estáis poniendo la cabeza loca con tanto cambio de nombre, nenes"
Como decíamos, la infancia de Felipe transcurría tranquila. Bueno, menos cuando sus hermanas se casaron con tres oficiales de las SS, vamos, con tres nazis. Y menos cuando su madre empezó a decir que veía a Jesucristo y se la llevaron interna a un sanatorio mental, diagnosticada de esquizofrenia.  Bueno, y cuando su padre se fue a por tabaco a Montecarlo y se le olvidó volver. Así las cosas, lo mejor que le pudo pasar a Felipe es que decidieran mandarlo al Schule Schloss Salem, un colegio privado en Alemania cuyo principal atractivo es que a su familia le salía gratis, ya que era propiedad de la familia de uno de sus cuñados (sí, uno de sus cuñados nazis). Allí conoció a Kurt Hahn, un pedagogo judío, que se convertiría en su mentor y con el que entabló una estrecha relación de cariño y respeto. Pero como se suele decir, la alegría dura poco en casa del pobre, Hitler llega al poder y a los cuñados de Felipe, lo de estar pagándole un maestro judío al nene, por lo que sea, no les venía bien. 

Allá que cogió otra vez la maletas y junto con su profesor, se marchó a Escocia, donde el señor Hahn fundó el internado de Gordonston, famoso por ser muy estricto y duro. Sin embargo, esto no supuso un problema para Felipe, que pronto se reveló como un consumado deportista, convirtiéndose en capitán del equipo de hockey y de cricket. 



El príncipe Felipe, sentado en el centro de la primera fila. 
Lo que pasó cuando Elisabeth lo conoció, con trece años (no) te sorprenderá.
Quizá el punto de inflexión en la vida de Felipe llegó en el año 1937. Su hermana Cecilia pierde la vida, junto a sus hijos, en un accidente de avión y su tío Jorge Mountbatten, que hasta ahora había sido el responsable de la educación de Felipe, fallece un año después de un cáncer óseo. Su abuela, que ya estaba muy mayor para encargarse de un adolescente, le pidió a otro de sus hijos, Luis, que velase por el pobre Felipe. 

Luis Mountbatten era un personaje en sí mismo del que podríamos hablar largo y tendido, pero si algo tenemos que destacar de él en este momento es el ojo clínico que tenía. La situación era la siguiente: a Luis le habían dejado a su cargo a un chaval de diecisiete años, que se acababa de alistar en la Marina Real y que tenía esta facha:

Está claro que Lord Mountbatten hizo sus cálculos y las cuentas, le salían. Así, en 1939, aprovechando una visita del rey Jorge VI y su familia, incluida la entonces princesa Lilibeth, a la Darthmouth Royal Navy College, Mountbatten se las apañó para presentar a los muchachos. Años después, el príncipe Felipe contaba que no recordaba muy bien aquel encuentro, ni cómo mientras que la familia real navegaba en un yate, él cogió un bote a remo para seguirlos y los saludaba cuando se cruzaban. Una cosa como cuando sales de marcha y "casualmente" te encuentras con tu crush en un bar y luego """casualmente""" (dadme comillas más grandes), te lo vuelves a encontrar en otro sitio. 

A la pequeña Lilibeth, que entonces solo tenía trece años, pero que ya sentía cosas por dentro, se le cayeron las bragas al suelo con aquel muchacho rubio, alto y de ojos azules, pero teniendo en cuenta que la muchacha aún tenía edad de usar calcetas y que la II Guerra Mundial estaba llamando a la puerta, el romance tuvo que esperar.

Durante la Guerra, Felipe sirvió bajó bandera británica en la Marina Real; al principio, lo mantenían un poco en la retaguardia, porque dado que Grecia no había entrado formalmente en combate, hubiera sido un poco embarazoso que un príncipe griego muriera sirviendo en el ejército británico. Sin embargo, cuando en octubre de 1940, Italia invade Grecia, a Felipe le dijeron que "a muerte" y este respondió "os vais a cagar". Durante el transcurso de la guerra, Felipe demostró ser un excepcional estratega y con tan solo veintiún años, se le otorgó el título de teniente primero de la Marina, siendo uno de los oficiales más jóvenes en detentar aquel cargo. 

Al acabar la guerra, la pequeña Lilibeth era una jovencita de diecinueve años que estaba como en La isla de las tentaciones, rodeada de pretendientes. Pero a ella le había hecho tilín aquel muchacho, que tan poca gracia le hacía su madre. Que sí, que era muy guapetón y valiente, pero ni tenía nacionalidad inglesa, ni tenía apellido (se le conocía como Felipe de Grecia). Y lo que sí que tenía era tres hermanas casadas con nazis, un padre vividor y una madre que estaba más pallá que pacá y que ahora decía que se quería meter a monja. 
"Nene, ¿quién dices que se ha prendao de ti?"
Todo esto no iba a ser un impedimento para el amor, así que Felipe cogió el toro por los cuernos, renunció a su nacionalidad griega, a todos sus títulos nobiliarios, se convierte al anglicanismo, solicita la nacionalidad británica y adopta el apellido Mountbatten. Aún así, todavía le ponían pegas al zagal: que si Lord Mountbatten era socialista, que si tenía ideas muy liberales, que a ver si quería meter al sobrino en la familia real como un caballo de Troya que destruyera a la familia desde dentro... Pero Lilibeth estaba totalmente enamorada y no iba a dar su brazo a torcer, así que a su padre, Jorge VI, no le quedó más remedio que claudicar y otorgarle a Felipe el título de duque de Edimburgo, para que la niña no se casara con un "destitulao"

El que la sigue, la consigue.
La boda tuvo que ser mundial. Además de ser la primera boda real retransmitida por televisión, hubo dos recepciones previas en las que la duquesa de Kent sufrió un desmayo y el duque de Devonshire fue víctima de una paliza a manos de un majarajá indio borracho. Las hermanas y los cuñados nazis de Felipe, obviamente, no fueron invitados. 

Los primeros años de la pareja fueron tranquilos. Felipe regresa a su trabajo como oficial de la Marina Real y pasa casi toda la semana fuera, regresando a casa los fines de semana. Felipe prefería estar destripando un barco, que en actos oficiales y dado que Isabel aún era princesa, se lo podían permitir. Llegan a mudarse a Malta, donde Felipe está al mando de un buque, llevando una vida de lo más normal: Felipe trabaja, Isabel va de compras, él es el padre de familia, está al mando, ella vive embobada mirando a su marido. Nacen sus dos primeros hijos, Carlos y Ana, Felipe es ascendido a capitán y compaginan su vida normal con algunos actos oficiales, lo que esperaban hacer durante al menos, quince o veinte años. Pero en 1952, apenas cinco años después de casarse y estando de viaje oficial en Kenia, Jorge VI, padre de Isabel, muere y Felipe cae de repente en la cuenta de que es el marido de la Reina de Inglaterra. Flípalo, chaval. Él, que había cogido aquel avión a Kenia de la mano de su mujer, regresaba a Inglaterra caminando dos pasos por detrás de la Reina de Inglaterra. 

El primer problema con el que se encontraron es que no sabían cómo llamarle. La mujer de un rey es la reina, pero el marido de una reina no puede ser rey, porque el título de rey es de rango superior al de reina, así que una de las primeras cosas que tiene que hacer Felipe, antes de que coronen reina a su mujer, es arrodillarse ante ella en una ceremonia pública, en la abadía de Westminster, para jurar sumisión a la reina y convertirse en su vasallo. 

La muerte del rey y la coronación de su esposa como reina supuso para Felipe el fin de la vida tal y como la conocía: adiós a la Marina, adiós a la libertad, adiós a su mujer. En lugar de aquello, tuvo que hacer frente a una serie de circunstancias que, las cosas como son, a todos nos escocerían un poco. Para empezar, Churchill, que era el Primer Ministro por entonces, le tenía un poco de ojeriza, porque lo consideraba demasiado liberal y muy de izquierdas. Que Lord Mountbatten, su tío y principal valedor, hubiera participado en el proceso de Independencia de la India, tampoco ayudaba mucho a granjearse sus simpatías. 

Así, Felipe tuvo que ver cómo en la primera apertura solemne del Parlamento, el trono del consorte había sido sustituido por una simple silla. Los apellidos de sus hijos también fueron tema de debate nacional, porque mientras que el Parlamento y la Reina Madre sostenían que la casa de Windsor tenía que ser eterna, sin que apellidos ajenos a ella mancillasen su nombre, Felipe se lamentaba de que era el único hombre del Reino Unido al que no permitían legar su apellido a sus hijos. 

Cansado de ser un marido florero, sin autoridad ninguna, al que no dejaban tomar ninguna decisión y cuyas iniciativas por modernizar la monarquía eran ridiculizadas, Felipe se embarcó en una expedición por el mundo con el yate real. Tras meses fuera de su hogar, los rumores de distanciamiento y sobre la fragilidad del matrimonio real eran constantes. Isabel está entre la espada y la pared. Por un lado, su madre y Churchill, que insisten en que su obligación es mantenerse firme en su cargo; por otro, su marido, que está a un cuarto de hora de pedirle una hoguera de confrontación. Isabel elige a su marido y resuelve otorgarle el título de Alteza Real y concede que sus descendientes puedan llevar el apellido Mountbatten - Windsor, con la salvedad de aquellos que fueran príncipes o altezas reales, lo que en realidad es un sí, pero no, porque los cuatro hijos del matrimonio entraban dentro de la excepción. 
La familia Mountbatten - Windsor, en la que nadie se llama Mountbatten - Windsor
Felipe no destacó por ser un padre cariñoso, más bien al contrario. Con Carlos, su hijo mayor, tuvo una relación complicada porque mientras Carlos era un joven sensible e introvertido, Felipe tenía un carácter duro, estricto y era famoso por sus comentarios fuera de lugar y por sus meteduras de pata. Como abuelo, sin embargo, pareció ablandarse y para William y mi Harry ha sido un gran apoyo. De hecho, tras el fallecimiento de su madre, los príncipes aceptaron ir tras el cortejo fúnebre de su madre solo si su abuelo los acompañaba. 

Sin duda, en la vida del duque de Edimburgo ha habido luces y sombras, siempre envuelto en la polémica y las habladurías. Es tal la trascendencia de su figura que en la isla de Tanna, al este de Australia, el duque de Edimburgo es considerado el Mesías, el hijo de Kalbaben, dios de melanesios, los habitantes de esta isla. El duque visitó esta isla en los años setenta y los nativos le regalaron un bastón utilizado para matar cerdos. A la vuelta a Londres, a Felipe le pareció de buena educación enviarles una fotografía con el artilugio, lo que los melanesios interpretaron como una confirmación de que Felipe era el mesías que esperaban. De hecho, están convencidos de que la llegada del primer negro, Barack Obama a la Casablanca, fue gracias a la intervención divina del duque. 

Dios te salve, Felipe, que estás en Londres
Dejando a un lado rumores de infidelidades, anécdotas surrealistas y fabulaciones conspiranoicas, como la que lo señalan como responsable directo de la muerte de la princesa Diana, lo cierto es que el duque de Edimburgo ha escrito algunas de las páginas más destacadas de la historia del siglo XX en general y, en particular, de Inglaterra, quizá no tanto por lo que hizo, sino por haberse convertido de manera tal vez involuntaria en un abanderado del feminismo, respetando y reconociendo el papel institucional de su esposa, aceptando su papel de acompañante y siendo, como la propia reina dijo en sus bodas de oro "su fuerza y su ancla". 

May he rest in peace. 








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lunes, 6 de julio de 2020

Capítulo 6. Margarita, la princesa del escándalo (parte III)

Por mucha voluntad que Margarita le pusiera, estaba claro que lo suyo con Tony no tenía arreglo. Él seguía viviendo una vida de playboy que hubiera hecho gritar de la envidia al mismísimo Julio Iglesias y ella... pues iba a fiestas, bebía - se cuenta que desayunaba vodka y cigarrillos - y acudía a actos oficiales en los que se aburría como una mona.

Un día, Margarita cayó en la cuenta de que sus amigos Anne y Colin, esos en cuya boda conoció a Tony, le habían regalado a su vez, para su propia boda, un terrenito en una isla del Caribe muy exclusiva. Lo típico que te pones a buscar en un cajón el certificado de empadronamiento y te encuentras con las escrituras de una parcela, no me digas que no te ha pasado. La isla en cuestión era Mustique, la recordarás porque fue la elegida por Ana Boyer para casarse con aquel espanto de vestido que nos dejó a todos con el culo torcido y llorando de dolor.

"¿Tú tienes una casa en Mustique, piltrafilla?"
Con sus escrituras en la mano, se fue para Mustique y según cuenta su amiga Anne Coke-Tennant, la misma que le había regalado el terreno, como le pareció que la parcela era pequeña, cogió las estacas que la delimitaban y las colocó unos cuantos metros más pallá. Que otra cosa no, pero humilde, tampoco. Ella era Margarita de Inglaterra y si necesitaba unos metricos más para que le entrase la piscina, a ver quién iba a decirle a ella lo contrario.

Estamos a finales de los años 70, la prensa del corazón está empezando a despuntar y Mustique se convierte en un refugio para algunos famosos con mucha pasta, más vicios y cero ganas de ser vistos. A Mustique solo se podía acceder en barco y no se permitía la visita a la isla si no era para alojarse en el único hotel que había entonces. Vamos, que si estabas pensando coger un patinete y la nevera para irte a pasar el día mañana, olvídalo. La isla, además de un maravilloso enclave natural, era un oasis de privacidad y si a eso le sumas que también era un paraíso fiscal, no te extrañará que celebridades como David Bowie, Paul McCartney o Mick Jagger decidieran hacerse una casita allí. Por la temperatura, mayormente, que era muy buena.

Margarita, con el Chuli, el Pay y el Cabra en Mustique
Margarita, que era la expresión más royal del punk y del rock n´roll, ya era amiga de Jagger desde hacía un tiempo. Se habían conocido en Londres en una fiesta y desde entonces, se hablaban. Claro, al verse en Mustique se saludaron porque fíjate tú, qué coincidencia, vienes mucho por aquí. Y chica, pues ya que estaban por allí, pues aprovecharon para ponerse al día de lo suyo. Tan al día se pusieron que, por lo visto, en uno de sus encuentros comieron tantas chuches que a Margarita se la tuvieron que llevar al hospital con una sobredosis de azúcar. A todo esto, su hermana, Sumaje, encantada de la vida con el romance, como ya os podéis imaginar. Tan contenta estaba que cada vez que alguien le sugería a Mick como posible receptor del título de Caballero de la Orden del Imperio, a la reina le daba un chungo. Cinco veces se lo propusieron a la reina como candidato y cinco veces dijo ella que antes se iba a Primark el primer día de rebajas que otorgarle esa distinción a alguien que tan mala influencia había sido para su hermana. Como si Margarita no viniera ya influenciada de casa. Hasta que en 2002, Tony Blair le dijo que se le estaba viendo mucho el plumero, que había hecho Sir a Paul McCartney o a Elton John y que dado que lo de Mick y su hermana era vox populi, que no se lo daba porque le tenía manía, cantaba por soleares. Con todo el dolor de su corazón, la reina le otorgó la distinción, pero espérate que el otro rencoroso, no fue a recogerla hasta 2003, porque tenía la agenda a tope, según le dijo.

"Ay, que te como los morritos"
Pero dejemos a Mick y volvamos a Mustique, a finales de los 60. Allí la gente tenía que entretenerse y para ello, se dedicaban a dar fiestas. Que podían haberse dado con una piedra en la espinilla, pero se conoce que lo de montar festivales, les iba más. Cuando hablamos de fiestas, en el entorno de Margarita, no nos referimos a reuniones para jugar a la canasta y tomar el té. No. Nos referimos a festivales que ríete tú de los ingleses en Salou.

"Esta noche, de tranquis"
No quisiera yo que creyerais que Margarita estaba siempre de fiesta en Mustique. También estaba de fiesta en Escocia y fue precisamente allí donde conoció a Roddy Llewellyn, un jardinero paisajista muy introducido en los círculos aristocráticos, diecisiete años menor que Margarita. En concreto, se conocieron en una fiesta que daban Anne y Colin Tennant, efectivamente, los mismos en cuya boda había conocido a Tony y los mismos que le habían regalado la casa de Mustique. Algunos dirían que eran un poco alcahuetes, pero no seré yo la que lo haga. Tras una velada en la que todos los presentes se dieron cuenta de que allí había tomate, Margarita invitó a Roddy a pasar unas vacaciones en Mustique y claro, Roddy no se pudo negar, porque no se le había ni pasado por la cabeza hacerlo.
Roddy, Margarita y Anne Coke-Tennant en Mustique. Roddy era jardinero, a la vista está, de los que tienen a gente enterrada en el jardín. 
A todo esto, yo no sé si se os había olvidado, pero Margarita y Tony seguían casados. A temporadas, vivían juntos en Londres, pero ya os podéis hacer una idea de que la convivencia era de todo menos tranquila. Ella sabía que su marido tenía una relación con una mujer llamada Lucy Lindsay-Hogg, pero claro, tampoco estaba en disposición de echarle nada en cara. Llegó a pedirle el divorcio en varias ocasiones, pero Tony no estaba por la labor. Hasta que en 1976, salta la sorpresa en Las Gaunas. No se sabe cómo, una fotografía de Margarita con Roddy hecha en Mustique se filtró a la prensa y los amoríos de la princesa quedaron al descubierto. Justo en ese momento, en la sociedad británica había un profundo debate sobre la utilidad de la monarquía, el despilfarro económico que esta suponía. Las fotos de Margarita en una isla caribeña, con un hombre casi veinte años más joven que ella, que no era su marido, no hicieron sino ponerla en la diana de todas las críticas, habida cuenta de que la señora cobraba una asignación semanal de mil libras. De mil libras esterlinas de mediados de los setenta, ojocuidao.

A Tony le pilla la noticia de los cuernos de su mujer en Australia y se indignó muchísimo, pero por dentro se le reían los huesos porque la prensa se tiró en tromba a criticar a Margarita, lo que le vino de perlas para que no se hablase de que él llevaba años engañando a su mujer y todo digno, se marchó de Reino Unido. Dos años después, en 1978, el divorció se hace efectivo, aunque de facto llevasen separados más de diez años. Margarita, por su parte, sigue la relación con Roddy, quien se sentía realmente abrumado por la repercusión que su romance con la hermana de la reina estaba teniendo. No sé en qué mundo vivía el hombre, así mismo os lo digo, para no ser consciente de que tener una relación con la hermana de la Reina de Inglaterra, diecisiete años mayor que él, iba a despertar cierto interés en la prensa sensacionalista. Aun así, antes de dejar a Margarita para casarse con otra mujer, a Roddy le dio tiempo a grabar un disco, que digo yo que si el ex de Karina, el Domingo Terroba, lo hizo, a ver por qué no lo iba a hacer él. Por razones que no llego a entender, no lo petó y el disco fue un absoluto fracaso. Juzguen ustedes mismos:


Margarita fue poco a poco desapareciendo del panorama social, ya no solo por el mal de amores - después de dejarlo con Roddy no se le conoció ninguna pareja - sino porque físicamente estaba hecha una pena. Le habían extirpado, como a su padre, parte de un pulmón en 1985. Cada vez seleccionaba más sus apariciones y una de ellas fue dar una entrevista a la revista ¡Hola!, en su edición inglesa Hello!, que acababa de iniciar su andadura en el Reino Unido unos meses antes. La mujer se lamentaba de que la realeza se hubiera convertido en un objetivo de la prensa del corazón y criticaba a Diana y a Fergie por contribuir a ello. Si la pobre levantase la cabeza...

Después de una neumonía, un derrame cerebral, de quemarse los pies de manera severa con agua hirviendo en la bañera, lo que la dejó en silla de ruedas por un tiempo y de varios accidentes cardiovasculares que le habían dejado como secuelas problemas para deglutir, pérdida de visión y parálisis en el lado izquierdo, Margarita falleció en 2002 apenas un par de meses antes de que lo hiciera su madre.

Pese a no tener un papel decisivo en la vida política de su país, fue sin duda una de las personas que más influyó en la evolución de la familia real hasta ser tal y como la conocemos - y adoramos - ahora. Fue el primer miembro de la familia real en divorciarse y sin duda, abrió el camino para que sus sobrinos nietos pudieran casarse con personas que no perteneciesen a la realeza. ¿Fue feliz? Bueno, a ratos. Sin duda, sus años con Roddy fueron los más felices de su vida y así se lo confesó la reina Isabel a Anne Coke-Tennant en los funerales de Margarita, cuando le agradeció que los hubiese presentado, porque "Roddy trajo a la vida de Margarita la felicidad que había perdido". Lo que sí podemos asegurar es que Margarita es, sin ningún género de dudas, uno de los miembros de la familia real británica más interesantes y un auténtico icono pop del siglo XX.

¡Ole tú, Margarita!

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miércoles, 1 de julio de 2020

Capítulo 6. Margarita, la princesa del escándado (Parte II)

Habíamos dejado a Margarita echando cuentas de si le convenía casarse con Peter, pero por muchas vueltas que le daba, la declaración de la renta le salía a pagar a la muchacha, así que le dijo "te lo agradezco, Peter, pero no". Que ella estaría muy enamorada y todo lo que tú quieras, pero tanto como para renunciar a su familia, a su título nobiliario, a que le llevasen todos los días de tu vida el desayuno a la cama y a un sueldazo nescafé (y no necesariamente en ese orden de importancia), a lo mejor no.
"A mí es que lo de que me quitéis la Visa ahora, me viene regular, la verdad"
En conclusión, que aunque Margarita tenía el apoyo del pueblo para casarse con Peter, se lo pensó mejor e hizo un anuncio a toda Gran Bretaña: sus responsabilidades como miembro de la familia real y como cristiana estaban por delante del amor que sentía por Peter, así que renunciaba a casarse con él.

Para pasar el trago, Margarita hizo lo que haría cualquier soltera: irse de fiesta. Alternaba eventos oficiales, con puestas de largo, recepciones y bodas de amigos, que era lo que por edad más cerca le venía y lo que más le tocaba la moral, probablemente porque siempre le venía la típica cansina con aquello, de "bueno, y tú, ¿para cuándo?", una pregunta que si acabas de renunciar a casarte con el amor de tu vida, pues igual te joroba un poco.

Una de esas bodas a las que la invitaron fue la de Lady Anne Coke (sin relación con la bebida, que sepamos) y Colin Tennant, barón de Glenconner. Ella fue sin muchas ganas, las cosas como son, pero se vino a fijar en el muchacho que hacía las fotos, que estaba de muy buen ver y le estaba poniendo ojitos. El zagal en cuestión era Anthony Armstrong - Jones, un fotógrafo con fama de rompebragas y reputación más que cuestionable. Modelo a la que le hacía un reportaje, modelo a la que le enseñaba el teleobjetivo. A ella le hizo tilín, a pesar de que en un primer momento pensaba que era homosexual - en realidad, Anthony era bisexual - así que empezaron a quedar con mucha frecuencia, pero en el más absoluto de los secretos. Claro, como iban de un lado para otro en moto, con el casco puesto y quemando rueda, pues nadie se dio cuenta que la que iba de paquete era la mismísima hermana de la reina.

"Marga, nena, échale un ojo al fotógrafo, a ver qué te parece"
En esa moto no iban a otro sitio que al piso que Tony había alquilado como estudio (guiño, guiño) pero que básicamente utilizaban para lo que ya todos nos estamos imaginando. Coincidió que Margarita tenía que renovar su retrato oficial, algo así como cuando al resto de los mortales nos caduca el deneí y te haces una foto en el fotomatón de al lado de comisaría, pero que en su caso, al ser princesa, pues llevaba un poco más de trabajo. Claro, si te estás haciendo arrumacos con un fotógrafo, queda feo que le digas que esta tarde no puedes quedar, que te tienes que ir a hacer unas fotos, así que por una vez, Peter usó el picadero para lo que se suponía que lo tenía: para hacer fotos. Por lo que sea, Margarita acabó posando para Tony desnuda de cintura para arriba y casi acaba mandando la foto al palacio, aunque finalmente decidieron guardarla. Años después, la foto saldría a la luz y fuentes de Palacio se apresurarían a asegurar que esa foto se tomó en 1967, cuando la princesa ya estaba casada con Tony, pero la cosa no coló.

"Hombre, igual para un sello de correos no es, pero como foto de perfil del Insta me viene de lujo"
Total, que llega 1960 y el Buckingham anuncia que Margarita y Anthony, Tony para los amigos, se casan. Muerta te quedas, el primer plebeyo que se casaba con alguien de la casa real británica en 400 años, ná pal caso. Y, a ver, muy bien la cosa no sentó entre las estiradas y rancias casas reales europeas, porque solo la danesa mandó representación a aquella boda. Pero ojo, que también puede ser que se vieran venir el panorama y que dijeran que para lo que iban a durar, no hacían el gasto. Desencaminados no iban, porque la primera hija de Tony, extramatrimonial obviamente, nació mientras él estaba en Bahamas de luna de miel, aunque no la reconoció hasta cuarenta y cuatro años después.

Tras su boda, Margarita conoció a todo el faranduleo a través de Tony y se hicieron muy amigos de Peter Sellers y su señora. Bueno, para decir la verdad, se cuenta que tuvieron algo más que amistad y que compartían unos raticos muy agradables. Hicieron hasta una peli juntos, que no dura más de diez minutos pero que ya os digo yo que en el presupuesto había un apartado para agua con misterio y otro para gominolas, porque tela.


Tony y Margarita tuvieron dos hijos, que a menudo dejaban con la tita Sumaje para irse de viajes oficiales y de cachondeo. Uno de los viajes más sonados que hicieron fue a EEUU, concretamente a California. Durante ese viaje, la princesa Margarita dio por primera vez una rueda de prensa, porque hasta entonces lo que se estilaba es que la familia real diese comunicados, pero sin preguntas ni nada. Sin embargo, con el viaje de Margarita, la casa real trataba de dar una imagen de renovada modernidad. Se hospedaron en el Hotel Beverly Hills y un productor los agasajó con una cena a la que invitó a lo más granado de Hollywood, entre otros, a Frank Sinatra, Mía Farrow, Liz Taylor y Richard Burton. A estos dos no los colocaron en la mesa presidencial y cuando se dieron cuenta, se largaron sin cenar porque les supo a cuerno quemado. Cosas de las estrellas.

"Yo es que soy más de los Rolling, de Mick Jagger en concreto, la verdad"
Aunque a Tony al principio le iba lo de ser royal, de todo se cansa uno en la vida, así que poco a poco, dejó de hacer cosas protocolarias y de acompañar a Margarita en los actos oficiales. Como pasaban poco tiempo juntos, Tony empezó a distraerse con otras cosas e hizo suya la frase "ave que vuela, a la cazuela", poniéndole los cuernos a Margarita con todo lo que se me meneaba. Cuando ella se lo echó en cara, él le dijo que cero dramas, que hiciera ella lo mismo, pero ay, amigo, cuando Margarita le puso los cuernos a él, bien del todo no le sentó y Margarita terminó por dejar a su amante.
"Hola, soy Troy McClure, tal vez me recuerden de películas como "Margarita, lo que te dije del amante iba en broma"
Sí, Margarita cortó toda relación con su amante porque a pesar de todas las infidelidades de Tony, Margarita estaba profundamente enamorada de él y de todo lo que él representaba: modernidad, vida bohemia, farándula... Así que cuando su marido le pidió que dejara a su amante, ella lo hizo sin duda, pues salvar su matrimonio era su prioridad. Se conoce que no tenía a nadie cerca que le dijera "amiga, date cuenta" y la pobre creía que aún había algo que salvar.

En el próximo capítulo os cuento cómo y cuándo llegó el divorcio y qué hay de cierto en los rumores que dicen que Margarita tenía cierta "simpatía por el diablo".


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miércoles, 17 de junio de 2020

Capítulo 6. Margarita, la princesa del escándalo (parte I)

Margarita fue la segunda hija del entonces duque de York, Bertie, el mismo que vimos en el capítulo anterior convertirse en Jorge VI por obra y gracia del encoñamiento de su hermano con una divorciada (¿alguien puede leer esto sin oír la voz de Peñafiel?). No nació para ser ni hija de rey, ni hermana de reina, pero en la tómbola del mundo, ella tuvo esa suerte.
Su infancia transcurrió entre el palacio de Buckingham y el de Windsor y aunque tanto ella como su hermana fueron educadas por una institutriz, su madre estaba muy encima de ellas, pues quería que sus hijas fueran algo más que unas niñas repipis de la alta sociedad cuya meta en la vida fuera casarse bien. No sabía la pobre Reina Madre lo que se les venía encima.

"Ay, Bertie, qué a gustico estamos aquí, menos mal que el rey es tu hermano, Dios lo guarde muchos años"
Pero como ya sabemos todos, a Bertie le tocó comerse el marrón de ser rey, a Elisabeth madre, el de ser reina y a la Elisabeth hija, ser Sumaje. Como os podréis imaginar, todo el mundo se volcó con la educación de Isabel, al fin y al cabo, era la heredera. ¿Y qué pasó con Margarita?  Pues que hacía lo que le salía de la peineta. Su padre se veía totalmente reflejado en ella, por aquello de que los dos eran los segundones en una familia en la que ser el primogénito te marcaba de por vida. Total, que si había coles de bruselas para la cena y a la niña se le antojaba tomarse un tigretón, pues la zagala se tomaba un tigretón y de postre, una pantera rosa.

"Voy aprendiendo el oficio / olvidando el porvenir
Me quejo solo de vicio / Maneras de vivir"
El caso es que a la criatura se le antojaban las cosas normales que se le antojan a las princesas y que nosotros no comprendemos porque somos plebe, hasta que un día, al cumplir los diecisiete años... No, no se pinchó con el huso de una rueca y se murió, fue casi peor que eso. Conoció a Peter Townsend, un capitán de la Royal Air Force, oficial al servicio de su padre, quince años mayor que ella, casado y con dos hijos. Sobra decir que no era lo que podríamos llamar el yerno perfecto, ni el novio que toda madre desearía para su hija, con independencia de que una sea reina o no.

"Escúchame, compréndelo, es imposible nuestro amor"
Si Peter hubiera sido un tío normal, aquí paz y después gloria, la niña se hubiera enamorado de algún backstreetboy y a otra cosa, mariposa. Pero no, Peter venía con tara de fábrica y le dio bola a la niña, que se conoce que también le había hecho tilín. Hay que reconocer que los padres de Margarita tampoco eran los más avispados del barrio porque no se les ocurrió mejor idea que asignarle la protección de la princesa durante un viaje a Sudáfrica, ordenándole que no se separase de ella. Y el hombre, pues obedeció. Y claro, pasó lo que tenía que pasar, que el pobre, se enamoró. Se enamoró hasta tal punto que le dijo a su mujer "ahora ya, mi mundo es otro" y se divorció de ella con la firme intención de casarse con Margarita.

Spoiler: no acaba bien.

A estas alturas, el rey Jorge VI ya había pasado a mejor vida y su hija Isabel ocupaba su lugar, así que fue a ella a la que Margarita fue a contarle que Peter le había pedido matrimonio y que ella había dicho "I do". Isabel se puso muy contenta por su hermana y le dijo que ella se encargaba de buscar el boy para la despedida, pero llegó Winston Churchill todo escandalizado y le dijo que si es que estaba tonta, que dónde iba dando el visto bueno al matrimonio de la hermana de la soberana con un divorciado, que eso iba a causar un cisma y una crisis de autoridad sin precedentes en la monarquía. Como éramos pocos, parió la abuela y cuando se la pareja le contó sus planes de boda a la Reina Madre, casi le da un parraque. Tuvo la mujer que tomarse un gintonic para intentar reponerse del disgusto. O media docena, no está muy claro este aspecto en los libros de historia.

"Aunque parezca mentira, me pongo colorada cuando me miras"

En medio de todo este cuadro, llegó Sir Allan Lascelles, secretario de la Reina, con un planazo que no se le hubiera ocurrido ni a MacGyver. Resulta que hay un Acta de Matrimonios Reales de 1772 que dice que si un miembro de la realeza quiere contraer un matrimonio inconveniente o desigual, debe esperar a cumplir veinticinco años. Margarita en aquel momento tenía veintidós, así que no le quedaba otra que aguantarse. Por si no tenía la suficiente fuerza de voluntad, a Peter lo mandaron de funcionario a Bruselas, no fuese a ser el demonio y a Margarita de gira por África.

Allan Lascelles, el que le dijo a la Reina Madre "vamo a calmano"
Total, que después de tres años, durante los que Margarita iba de fiesta en fiesta, llegó el momento de la verdad. ¡Margarita y Peter por fin iban a casarse! Bueno, iban a casarse después de que la Commonwealth,el Parlamento, la iglesia Anglicana y un primo que vivía en Guadalajara dieran su visto bueno al matrimonio, porque resulta que a Margarita no le habían dicho la verdad del todo. Añádele a eso que no se había leído la muchacha la letra pequeña de la hipoteca, que decía que si se casaba con Peter, perdía el título de princesa, el de alteza real, la asignación que recibía de la Casa Windsor y la tarjeta de puntos del Carrefour y ponte en el lugar de Margarita.

"Fue un placer conocerte, Peter. Adiós con el corazón, que con el alma no puedo"
Y por hoy, lo dejamos, pero os recomiendo que os vayáis haciendo palomitas, porque lo gordo viene ahora, amigos.
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sábado, 13 de junio de 2020

Capítulo 5. Jorge VI, el rey tartamudo

En el capítulo anterior descubrimos que Jorge V tuvo dos hijos como dos soles, Eduardo y Bertie. De Eduardo ya hablamos en el capítulo anterior y por resumir, podemos decir que es como si Froilán hubiera sido heredero al trono de España: mucha samba y poco trabalhar.
Hoy nos vamos a ocupar de Bertie, el segundo, el que no estaba llamado a ser rey y reinó, el que nos dio lo más grande que ha salido de la Gran Bretaña: Sumaje.

Alberto Federico Arturo Jorge Windsor nació un 14 de diciembre, en Sandringham, casualmente fecha del aniversario de la muerte de su bisabuelo, el príncipe Alberto Sajonia - Coburgo. Su padre, el rey Jorge V no sabía muy bien cómo darle la noticia a su bisabuela, la reina Victoria, que como ya contamos en el primer capítulo de esta saga estaba enamorada hasta las trancas de Alberto.
Total, que para que la yaya se tomase mejor la noticia de haber tenido un bisnieto justo en el que para ella era día más trágico del año, se le ocurrió la idea de ponerle Alberto al chaval, cosa que a la reina le llenó de orgullo y satisfacción.

La infancia de Alberto, Bertie para los amigos, fue un poco regulinchi. Su hermano mayor era un guaperas, dicharachero, simpático, el terror de las nenas, vamos. Y Bertie era... pues un llorica. Se pasó el pobre media infancia enfermo y eso le volvió retraído, tímido y muy llorón. Cuentan que cada vez que le levantaban la voz, se le saltaban las lágrimas y eso a su padre no le gustaba nada de nada. En esa época, lo de mostrar tus sentimientos y dejarse llevar por las emociones no estaba muy bien visto, ya no te cuento si eras hombre y no te quiero explicar si, además, eras Alteza Real.
"Tengo el presentimiento de que me voy a comer un marronaco por culpa de mi hermano, ya lo verás"
Si a que la criatura era un poco insegura, le sumas que era zurdo y que le obligaban a escribir con la derecha y que, además, era tartamudo, pues ya te podrás imaginar que la infancia de Bertie no fue Disneyland.
Al igual que su hermano mayor, Bertie asistió al Osborne Naval College y de ahí, pasó al Dartmouth Royal Naval College, siendo el último de su promoción.Otro cualquiera se hubiera ido un pub a poner pintas, pero si eres el hijo del rey, minucias como las notas tienen poca importancia, sobre todo si a donde te van a mandar es a la Fuerza Aérea Británica en plena I Guerra Mundial. 
Al acabar la guerra, empezó a estudiar en el Trinity College y a salir de farra con su hermano, que lo llevaba por el mal camino. A pesar de su inseguridad y de su timidez, Bertie tenía mucho éxito con las mujeres y su hermano le buscó varios rolletes con señoras que fumaban. Su padre se enteró y le dijo que si se buscaba una novia formal, le regalaba el título de duque de York, cosa que a Bertie le hizo mucha ilusión. 
"Y que digan que el guapo es mi hermano, con el porte que tengo yo..."
Un día como cualquier otro, Bertie conoció a Elisabeth Bowles-Lyon, hija menor de los condes de Strathmore, y a Bertie se le hizo el culo pesicola. "No lloréis, que me voy a casar con ella", fueron sus palabras al conocerla. Pero Elisabeth no estaba muy por la labor porque según cuentan, a ella le gustaba la vida tranquila y no se veía como duquesa de York y cuñada del futuro rey, porque en verdad tiene que ser un rollazo, y si no que se lo digan a Telma Ortiz, que luego tienes que demandar  a toda la prensa y eso, quieras que no, se lleva su tiempo. 
Pero resulta que Bertie, otra cosa no, pero pesado se ve que era un rato, y después de pedirle a Elisabeth matrimonio seis o siete veces, obtuvo el tan ansiado "uf, vale". 
"Os lo dije que me iba a casar con ella. No se ha podido resistir, a la novena me ha dicho que sí"
Los recién estrenados duques de York vivían una existencia idílica, campestre, bucólica, alejados del mundanal ruido de Londres y su amor dio como fruto dos hermosas niñas, Isabel, Sumaje para los amigos y Margarita, a la que dedicaremos nuestro próximo capítulo porque es una diva, a sus pies me postro. Pero ahora viene cuando la matan y resulta que Eduardo se enamora de la Wallis y le dicen que si se casa con ella, se olvide de ser rey y Eduardo contesta, "Bertie, calienta que sales". Y de la noche a la mañana, Bertie se ve convertido en Jorge VI, rey de Inglaterra y Elisabeth, a la que ser cuñada de rey le parecía una contrariedad, en reina consorte. ¿No querías caldo? Pos toma.

Como si este especial de "princesa por sorpresa" fuera poco, al recién estrenado rey le tocó lidiar con la II Guerra Mundial y, ¿qué esperaba el pueblo de su soberano? Que se dirigiese a ellos para darles ánimos. ¿Y qué le pasaba a Bertie? Que era tartamudo, pero muy tartamudo, de sudar y todo. Y claro, tener que hablar por la radio no era lo que más ilusión le hacía al hombre, así que se buscó a un logopeda para que le ayudase con el trago, superando la prueba con éxito.

La Guerra avanzaba y las mujeres Windsor se refugiaron en el castillo que les dio nombre. ¿Qué te llevarías tú a un castillo desierto? Pues yo te digo lo que se llevó Elisabeth: las joyas de la corona. Sí, sí, las que están en la Torre de Londres, custodiadas por cuervos y beefeaters, esas que tienes que ver mientras te desplazas en una cinta automática, no vaya a ser que te encapriches de alguna y te la quieras llevar puesta. Las cogió, las desmontó, las metió en una caja de galletas holandesas (de esas en las que tu abuela tiene hilos y botones) y enterró la caja en una de las puertas del castillo de Windsor. Así mismo te lo digo. Yo ya me la imagino recibiendo las visitas, "pase, pase, no se quede usted en la puerta, querido".

El rey, mientras tanto, se quedó en Londres, lo que le valió la simpatía de sus súbditos y fraguó un plan para engañar a los alemanes sobre las intenciones del ejército británico. Consistía, fundamentalmente, en jugar al despiste: el rey acudía a distintos lugares, con la excusa de motivar a las tropas, haciendo creer a los nazis que los lugares que él visitaba era el punto que el ejército británico pensaba atacar; sin embargo, la ofensiva se libraba por otro lado, pillando a las tropas alemanas desprevenidas. Mientras tanto, su hermano Eduardo hacía cosas de nazis como quedar a tomar café con Hitler o maquinar un plan junto a los nazis para volver a ser rey después de la guerra.
"- Eduardo, ¿qué piensas?
- Cosas, Bertie.
- ¿Cosas de nazis?
- Sí, Bertie, cosas de nazis."
Pero por suerte, los planes salieron bien, Inglaterra ganó la guerra a Alemania y Eduardo no recuperó el trono, lo que trajo dos cosas buenas: la primera es que Europa no va con el brazo derecho en alto llamando taxis a día de hoy. La segunda, pero no menos importante, es que la hija de Bertie se convirtió en la reina más reina de todas las reinas: Sumaje.

Porque sí, amigos, Bertie murió. La criatura se fumaba tres paquetes de Ducados al día; encendía uno con la colilla del otro, pero cuando empezó a toser como muy fuerte, pensó que era por una almendra que se había comido. No se olió la tostada cuando empezó a esputar sangre, ni cuando le extirparon medio pulmón, y el muy cándido se fue al otro barrio sin saber que tenía cáncer de pulmón.

No lloréis mi muerte, que os dejo en buenas manos
La muerte de Bertie supuso, sin duda, uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX, no por el fallecimiento en sí, sino porque trajo consigo la subida al trono del icono más importante que ha dado Inglaterra en su historia (vale, sí, amo profundamente a Sumaje, no lo voy a negar). Pero como ya os he dicho, antes de indagar en la historia de tan ínclita dama, nos detendremos en conocer a su hermana, la princesa Margarita, diva, leyenda pop, juerguista y loca del coño total. 
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domingo, 12 de abril de 2020

Capítulo 4. Eduardo VIII, el breve

El primogénito del rey Jorge V vino al mundo en Surrey, en 1894. A sus padres les debió pasar como a muchas parejas, que no se ponían de acuerdo con el nombre que le querían poner a la criatura, así que le pusieron todos los nombres que barajaron durante el embarazo: Eduardo Alberto Cristian Jorge Andrés Patricio David.
Claro, date cuenta de que llamar al zagal por sus siete nombres era poco operativo, porque te pones a llamarlo para que venga a tomarse la merienda y, cuando llega, tiene la leche helada y las galletas más blandurrias que mi culo cuando acabe la cuarentena, así que decidieron llamarle David. Tanto gasto pa ná.
David, que tenía pinta de ser un niño adorable, con su padre Jorge V, su abuelo Eduardo VII y su bisabuela Victoria
Su infancia no es que fuera muy feliz. Como era habitual, se crio lejos de sus padres, entre niñeras y tutores. Su padre, el rey Jorge V, era distante y frío y su madre tampoco era candidata a madre del año. Con trece años, sus tutores decidieron que ya estaba bien y que pal colegio de cabeza. Y biueno... el primero de la clase, no era. Después de dos años en el Osborne Naval College, se cambió al Dartmouth Royal Naval College, pero al poco de llegar, se murió su abuelo Eduardo VII, lo que convirtió a su padre en el rey Jorge V y a él, en Príncipe de Gales y heredero al trono. Claro, con toda esta movida, pues el pobre tuvo que dejar los estudios y se salió de la Escuela Naval antes de graduarse. Cosas que pasan hasta en las mejores familias. Para que no fuera un nini, sus padres decidieron que se matriculase en la Universidad de Oxford, pero las cosas como son, si tú ya sabes que tienes la vida resuelta y que te vas a dedicar al negocio familiar, mucho interés no le pones. Así que después de casi tres años, se fue de allí con una mano delante y la otra detrás.
"Profe, que no he podido hacer los deberes porque estaba con mis cosas de príncipe heredero" 
David, a pesar de suspender hasta el recreo, era la gran esperanza blanca de la monarquía. Otra cosa, no, pero el tío era guapetón, algo así como el David Beckham de su época y claro, se ponía las botas. En 1920 empezó a verse con una señora llamada Freda Dudley Ward. Y lo de señora no es por la edad, que tenían la misma, sino porque estaba casada. Ya tenía querencia nuestro David. El caso es que David le escribía a Freda cartas en las que le contaba cada cosa... Bueno, fijaos si sería fuerte, que una de las tramas del especial de Navidad de Downton Abbey de 2013 gira en torno a una de esas cartas. Entre otras cosas, le decía que la monarquía estaba pasada de moda, que era una cosa de otra época, que tenía las mismas ganas de ser rey que de estudiar y que pasaba tres pueblos de lo que él consideraba que era el trabajo más aburrido y pesado del mundo.
No, a David, no le gustaba nada lo de ser rey. Lo de ser royal lo llevaba mejor y lo de que por ser royal le invitasen a todas las fiestas, ni te cuento. Como buen liante que era, se las apañó para que su hermano Bertie  se enrollase con una amiga de Freda, Sheila Chisholm, que también estaba casada.
David, Freda, Bertie y Sheila disfrutando de un fin de semana campestre y "taurino" 
El ritmo de vida de los hermanos Windsor no le hacía mucha gracia al rey, que viendo que con el mayor tenía la partida perdida de antemano, fue a por el pequeño.

- "Bertie, hijo, ¿tú quieres ser duque de York?
- ¿Y eso qué es?
- Pues básicamente seguir tocándote las narices, pero siendo duque.
- Posvale.
- Pues ya te estás olvidando de la pelandrusca esa y buscándote una novia como Dios manda".

Bertie, que lo que es mucha personalidad, no tenía, le hizo caso a su padre y casualmente, poco después conoce a Isabel Bowles-Lyon, más conocida como la Reina Madre, famosa por ser la embajadora de Beefeater en el mundo.

Esto no sentó nada bien a David, que escribió a Freda para decirle que si su padre pensaba que iba a dejar su relación con ella, estaba cometiendo el mayor error de su insignificante vida. Así tal cual. Y que lo odiaba y que Dios le maldijera. Casi nada.
Una de las cartas que David le envió a su amante
Pero que David estuviera encojonado con Freda no quiere decir que le fuera fiel y así, siguió buscando al amor de su vida, mientras su padre estaba convencido de que una vez que él muriera, David se iba a buscar la ruina. Cuarenta años y soltero, ya me dirás tú a mí que iba a pensar su padre de él.
Hasta que un día de 1933 conoció a una mujer americana, divorciada, casada en segundas nupcias y con fama de tener una vida disoluta. Se llamaba Wallis Simpson. A todo esto, va el rey Jorge y se muere y a David le da un agobio que te mueres, porque por si no os había quedado claro, a David, que a partir de ese momento se convertiría en Eduardo VIII, lo de ser rey le superaba. Apenas seis meses después de morirse su padre, al nuevo rey no se le ocurrió mejor idea que irse de crucero por el Mediterráneo con Wallis, que estaba todavía casada con el señor Simpson. Lo que hubiera disfrutado Peñafiel en esta movida. 
La cuestión es que durante años, nos vendieron el romance de Wallis y Eduardo como la mayor historia de amor de todos los tiempos, pero cartas que han aparecido después revelan una relación bastante tóxica, en la que Wallis trataba a Eduardo como basura, insultándolo y humillándolo, lo que por lo visto a él le molaba. ¿Y a qué se dedicaron Wallis y Eduardo? Pues a viajar, por ejemplo a Alemania, que es un país precioso, pero teniendo en cuenta que su padre tuvo que cambiar el apellido de la familia para que no se relacionase con los alemanes, igual buena idea del todo, no fue. Tampoco parece muy buena idea que en vísperas de la II Guerra Mundial, que volvió a enfrentar a Gran Bretaña con Alemania, el ex rey y su señora se fueran a visitar a Hitler. Sí, sí, a Hitler, ese señor del bigote y la esvástica. 
Wallis y Eduardo visitando a un amigo
En 1937, Eduardo y Wallis se casan, para lo cual, previamente tuvo que abdicar, recayendo el trono sobre su hermano Bertie, que a su vez nombró al ex rey duque de Windsor. Es conocida que la ambición de Wallis era ser reina de Inglaterra y que, de hecho, la boda con Eduardo fue un error de cálculo suyo, pues en cartas a su exmarido que han salido a la luz hace poco, Wallis le confiesa que sigue enamorada de él y que no quiere casarse con Eduardo, ahora que va a renunciar al trono. Sin poder dar vuelta atrás, no tuvo más remedio que casarse con él, así que pensó que ya que se había metido en este marrón, qué mejor que utilizar sus contactos en un escenario como el de la II Guerra Mundial para tratar de obtener lo que se le había negado. Documentos de la época muestran indicios de que los alemanes ofrecieron a Eduardo devolverle el trono a él y a Wallis - haciéndola reina de Inglaterra - si les ayudaban a ganar la guerra. Esto no es ninguna casualidad, de hecho, la ideología nazi de Wallis no era ningún secreto, y sus relaciones con distintas personalidades nazis y fascistas, tampoco. Que había tenido una relación con el ministro de exteriores de Mussolinni era conocido por todos y lo de que se había quedado embarazada de él y que tuvo que abortar, un rumor que corría de boca en boca.

Por suerte para todos, la jugada le salió mal y acabada la guerra, el rey los mandó a Bahamas, donde el duque de Windsor ejercía como gobernador. La reina Isabel (madre de la actual Sumaje) prohibió a todas las mujeres que se relacionaban con Wallis que le hicieran reverencias y que la tratasen de alteza, lo que a Wallis le cabreó como a una mona.
Wallis y Eduardo, sufriendo el durísimo castigo de estar confinados en Bahamas. Es increíble lo que el ser humano puede llegar a soportar. You could be heroes.

Después de una temporada en Bahamas, sufriendo lo indecible, decidieron que ya estaba bien de vivir aquel infierno y se mudaron a París. En Francia, donde hacía más de doscientos años que habían acabado con la monarquía, los veían como algo exótico y los invitaban a fiestas donde los lucían como monos de feria. Se dice que Eduardo hacía miles de regalos a su mujer, como joyas de Cartier y de Van Cleef, pero por lo que fuera, se le olvidaba pagarlas, lo que por supuesto, despertaba los cuchicheos y los chascarrillos de la alta sociedad francesa, con el consiguiente mosqueo de Wallis. 

"Wallis, ve saliendo tú, que viene por allí el dependiente de Cartier. Corre, Wallis, corre"
Wallis estaba harta de que nada le saliera como ella había planeado. Ella, que se veía como reina de Inglaterra, con todos los nobles postrados a sus pies, no era más que una friki cuyo marido no pagaba las joyas. Harta de todo, pensó en pedirle el divorcio a Eduardo, pero su cuñada, la reina de Inglaterra, la amenazó con sacar a la luz su pasado, lo que suponía dar publicidad a los rumores que afirmaban que Wallis había sido prostituta en su Pensilvania natal y que había participado en orgías en prostíbulos chinos con su primer marido. Cuentan que fue su venganza por haber arrastrado a su marido al trono, dinamitando los planes de vida tranquila y campestre que ella tenía.

Eduardo murió en 1972 sin dejar descendencia, pues las malas lenguas dicen que su amor por Wallis era más platónico que otra cosa y que jamás la tocó ni con un palo. En cualquier caso, los últimos años de Wallis transcurrieron entre la demencia y el alcoholismo. Se comenta que apenas se alimentaba más que de lechuga y vodka. Al fallecer, legó la mayor parte de su herencia al Instituto Pasteur, lo que sorprendió a la familia real, dado que Wallis jamás se interesó por las obras de caridad. 

Wallis en el entierro de su marido, acompañada por su cuñada, la reina Isabel
Wallis fue enterrada en el Cementerio Real de Frogmore, junto a su marido, en dos sencillas tumbas en el jardín, sin duda muy alejadas de la pompa y el boato que ella creyó merecer.

Tumbas del rey Eduardo VIII y de Wallis, cuya única inscripción fue "Wallis, duquesa de Windsor"




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lunes, 30 de marzo de 2020

Capítulo 3. Jorge V, el primer Windsor.

Contábamos en el capítulo anterior que Eduardo VII estaba emparentado con toda la monarquía europea y claro, pues como en todas las familias, hay cuñados con las que te llevas fenomenal y otras con las que no te puedes ni ver, y si es mentira, venís y me lo decís.

El caso es que Eduardo VII era cuñado de Alejandro III de Rusia, dado que las mujeres de ambos eran hermanas. Por eso, al llegar el verano, ambas familias veraneaban juntas, como tú con tu cuñada, solo que vosotros os vais al apartamento de La Manga y estos se iban al palacio que tenían en las afueras de Copenhague. Pero por lo demás, igual.

Claro, de veranear juntos, los hijos de ambas familias se hicieron muy amigos, sobre todo Jorge y Nicolás, que además serían los herederos a los tronos de sus respectivos países.
Nicolás de Rusia y Jorge de Inglaterra, primos y separados al nacer
¿Y qué pasó? Pues que había un tercer primo, Guillermo II de Alemania, que era hijo de Victoria, hermana de Eduardo y Alejandro, al que no invitaban a comer sándwiches de nocilla en el apartamento de Torremolinos y que, por consiguiente, no tenía mucho feeling con sus primos.

A todo esto, en Europa, empezaba a haber un mal rollo considerable, básicamente porque los grandes imperios de épocas anteriores comenzaban a entrar en crisis y a chocar con las ideas políticas que reclamaban otro orden social. En 1914 Gavrilo Princip se cargó al archiduque Francisco Fernando de Austria, que era íntimo amigo de Guillermo y ahí ya se lió parda. Austria quiso declararle la guerra a Serbia, y los rusos se metieron por medio para defenderlos. A todo esto, Guillermo había prometido ayudar a Austria en todo lo que pudiera, pero lo que no se podía imaginar era que eso iba a significar acabar declarándole la guerra a su primo Nicolás.
Guillermo II, el primo al que no invitaban a los cumpleaños
¿Y de parte de quién creéis que su puso Jorge? Pues efectivamente, Reino Unido se alió con Francia para defender a Rusia, lo que significó que Reino Unido entró en guerra contra Alemania.

Y aquí es donde se hace necesario hacer un pequeño parón para recapitular. ¿De quién era hijo Jorge? Correcto, de Eduardo VII. ¿Y de quién era hijo Eduardo? Efectivamente, de la reina Victoria y de Alberto Sajonia-Coburgo Gotha. Que os lo pongo así en negrita y subrayado para que me digáis a qué os suena ese apellido. A ser de Sussex, precisamente, no, ¿verdad? Tú oyes hablar de Sajonia, de Coburgo y de Gotha y así a bote pronto, te viene Alemania a la cabeza, o Batman, si eres muy friki. En conclusión, que Jorge, que era nieto de Alberto y de Victoria, además del trono, heredó el apellido de sus abuelos.

Jorge había subido al trono en 1910 y ya desde entonces se veía venir que lo de Reino Unido y Alemania no iba a acabar bien. Sus asesores, que eran muy avispados, le dijeron que igual lo de llevar un apellido alemán, siendo rey de Inglaterra y teniendo ese mal rollo con Alemania, no era buena idea del todo. Jorge dijo que sí, que lo iba a pensar y que ya les diría algo.
Jorge V pensando en un apellido nuevo
Llega 1914, estalla la I Guerra Mundial y los asesores de Jorge le dijeron, "Jorge, mira, que no queremos ser pesados, pero que te tienes que buscar otro apellido, que la gente no entiende muy bien eso de que estemos mandando a nuestros jóvenes a luchar contra Alemania en nombre de un rey que lleva un apellido alemán". Pero Jorge estaba a sus cosas de reyes y un día por otro, fue dejando la cosa.
"A ver, un apellido que no sea alemán... déjame que piense"
Total, que nos plantamos en 1917, los alemanes y los ingleses matándose y Jorge con el apellido sin cambiar. Hasta que un día como otro cualquiera, unos aviones alemanes bombardearon Londres, causando cientos de muertos. Casualidades de la vida, aquellos aviones eran de la factoría alemana Gotha, uno de los apellidos de rey. Imaginaos la cara de los asesores cuando fueron a contarle el pastel.

"Me cambio el apellido, ¿verdad?"
Ahí ya sí que se puso las pilas, sacó tiempo de donde no lo tenía y resolvió que sí, que tenía que cambiarse el apellido, que lo veía claro. La primera propuesta fue Lancaster, pero lo de la rima de "la cagaste" era muy fácil, así que pasaron del tema. Luego se les ocurrió que Tudor podría molar, pero les recordaba a María Tudor, Bloody Mary ("María la Sanguinaria") para los amigos y, por lo que sea, no les terminó de cuadrar. Después de muchas deliberaciones y cuando ya estaban a punto de tirar la toalla, Lord Stamfordham vio la luz: Windsor sería el apellido. El castillo de Windsor se construyó en 1066 y desde entonces, siempre ha sido residencia permanente o de vacaciones de los reyes británicos. Además, es el lugar de eterno descanso de varios príncipes, reyes y reinas, entre ellos, el propio padre de Jorge V, Eduardo VII. Elegir este apellido les conectaba con un linaje que en realidad, no era el suyo, pero que les daba como más abolengo y enraizamiento con el pueblo británico. Además, empezando por W son de los últimos de la lista, así que siempre les toca más tarde entregar los trabajos. Todo ventajas.
Pues ya tenemos apellido
Así que amigos míos, desde 1917 los Windsor son los Windsor, aunque si creéis que los problemas con los apellidos de esta familia han acabado aquí, estáis muy equivocados. Seguiremos descubriendo más en los próximos capítulos.


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