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domingo, 12 de abril de 2020

Capítulo 4. Eduardo VIII, el breve

El primogénito del rey Jorge V vino al mundo en Surrey, en 1894. A sus padres les debió pasar como a muchas parejas, que no se ponían de acuerdo con el nombre que le querían poner a la criatura, así que le pusieron todos los nombres que barajaron durante el embarazo: Eduardo Alberto Cristian Jorge Andrés Patricio David.
Claro, date cuenta de que llamar al zagal por sus siete nombres era poco operativo, porque te pones a llamarlo para que venga a tomarse la merienda y, cuando llega, tiene la leche helada y las galletas más blandurrias que mi culo cuando acabe la cuarentena, así que decidieron llamarle David. Tanto gasto pa ná.
David, que tenía pinta de ser un niño adorable, con su padre Jorge V, su abuelo Eduardo VII y su bisabuela Victoria
Su infancia no es que fuera muy feliz. Como era habitual, se crio lejos de sus padres, entre niñeras y tutores. Su padre, el rey Jorge V, era distante y frío y su madre tampoco era candidata a madre del año. Con trece años, sus tutores decidieron que ya estaba bien y que pal colegio de cabeza. Y biueno... el primero de la clase, no era. Después de dos años en el Osborne Naval College, se cambió al Dartmouth Royal Naval College, pero al poco de llegar, se murió su abuelo Eduardo VII, lo que convirtió a su padre en el rey Jorge V y a él, en Príncipe de Gales y heredero al trono. Claro, con toda esta movida, pues el pobre tuvo que dejar los estudios y se salió de la Escuela Naval antes de graduarse. Cosas que pasan hasta en las mejores familias. Para que no fuera un nini, sus padres decidieron que se matriculase en la Universidad de Oxford, pero las cosas como son, si tú ya sabes que tienes la vida resuelta y que te vas a dedicar al negocio familiar, mucho interés no le pones. Así que después de casi tres años, se fue de allí con una mano delante y la otra detrás.
"Profe, que no he podido hacer los deberes porque estaba con mis cosas de príncipe heredero" 
David, a pesar de suspender hasta el recreo, era la gran esperanza blanca de la monarquía. Otra cosa, no, pero el tío era guapetón, algo así como el David Beckham de su época y claro, se ponía las botas. En 1920 empezó a verse con una señora llamada Freda Dudley Ward. Y lo de señora no es por la edad, que tenían la misma, sino porque estaba casada. Ya tenía querencia nuestro David. El caso es que David le escribía a Freda cartas en las que le contaba cada cosa... Bueno, fijaos si sería fuerte, que una de las tramas del especial de Navidad de Downton Abbey de 2013 gira en torno a una de esas cartas. Entre otras cosas, le decía que la monarquía estaba pasada de moda, que era una cosa de otra época, que tenía las mismas ganas de ser rey que de estudiar y que pasaba tres pueblos de lo que él consideraba que era el trabajo más aburrido y pesado del mundo.
No, a David, no le gustaba nada lo de ser rey. Lo de ser royal lo llevaba mejor y lo de que por ser royal le invitasen a todas las fiestas, ni te cuento. Como buen liante que era, se las apañó para que su hermano Bertie  se enrollase con una amiga de Freda, Sheila Chisholm, que también estaba casada.
David, Freda, Bertie y Sheila disfrutando de un fin de semana campestre y "taurino" 
El ritmo de vida de los hermanos Windsor no le hacía mucha gracia al rey, que viendo que con el mayor tenía la partida perdida de antemano, fue a por el pequeño.

- "Bertie, hijo, ¿tú quieres ser duque de York?
- ¿Y eso qué es?
- Pues básicamente seguir tocándote las narices, pero siendo duque.
- Posvale.
- Pues ya te estás olvidando de la pelandrusca esa y buscándote una novia como Dios manda".

Bertie, que lo que es mucha personalidad, no tenía, le hizo caso a su padre y casualmente, poco después conoce a Isabel Bowles-Lyon, más conocida como la Reina Madre, famosa por ser la embajadora de Beefeater en el mundo.

Esto no sentó nada bien a David, que escribió a Freda para decirle que si su padre pensaba que iba a dejar su relación con ella, estaba cometiendo el mayor error de su insignificante vida. Así tal cual. Y que lo odiaba y que Dios le maldijera. Casi nada.
Una de las cartas que David le envió a su amante
Pero que David estuviera encojonado con Freda no quiere decir que le fuera fiel y así, siguió buscando al amor de su vida, mientras su padre estaba convencido de que una vez que él muriera, David se iba a buscar la ruina. Cuarenta años y soltero, ya me dirás tú a mí que iba a pensar su padre de él.
Hasta que un día de 1933 conoció a una mujer americana, divorciada, casada en segundas nupcias y con fama de tener una vida disoluta. Se llamaba Wallis Simpson. A todo esto, va el rey Jorge y se muere y a David le da un agobio que te mueres, porque por si no os había quedado claro, a David, que a partir de ese momento se convertiría en Eduardo VIII, lo de ser rey le superaba. Apenas seis meses después de morirse su padre, al nuevo rey no se le ocurrió mejor idea que irse de crucero por el Mediterráneo con Wallis, que estaba todavía casada con el señor Simpson. Lo que hubiera disfrutado Peñafiel en esta movida. 
La cuestión es que durante años, nos vendieron el romance de Wallis y Eduardo como la mayor historia de amor de todos los tiempos, pero cartas que han aparecido después revelan una relación bastante tóxica, en la que Wallis trataba a Eduardo como basura, insultándolo y humillándolo, lo que por lo visto a él le molaba. ¿Y a qué se dedicaron Wallis y Eduardo? Pues a viajar, por ejemplo a Alemania, que es un país precioso, pero teniendo en cuenta que su padre tuvo que cambiar el apellido de la familia para que no se relacionase con los alemanes, igual buena idea del todo, no fue. Tampoco parece muy buena idea que en vísperas de la II Guerra Mundial, que volvió a enfrentar a Gran Bretaña con Alemania, el ex rey y su señora se fueran a visitar a Hitler. Sí, sí, a Hitler, ese señor del bigote y la esvástica. 
Wallis y Eduardo visitando a un amigo
En 1937, Eduardo y Wallis se casan, para lo cual, previamente tuvo que abdicar, recayendo el trono sobre su hermano Bertie, que a su vez nombró al ex rey duque de Windsor. Es conocida que la ambición de Wallis era ser reina de Inglaterra y que, de hecho, la boda con Eduardo fue un error de cálculo suyo, pues en cartas a su exmarido que han salido a la luz hace poco, Wallis le confiesa que sigue enamorada de él y que no quiere casarse con Eduardo, ahora que va a renunciar al trono. Sin poder dar vuelta atrás, no tuvo más remedio que casarse con él, así que pensó que ya que se había metido en este marrón, qué mejor que utilizar sus contactos en un escenario como el de la II Guerra Mundial para tratar de obtener lo que se le había negado. Documentos de la época muestran indicios de que los alemanes ofrecieron a Eduardo devolverle el trono a él y a Wallis - haciéndola reina de Inglaterra - si les ayudaban a ganar la guerra. Esto no es ninguna casualidad, de hecho, la ideología nazi de Wallis no era ningún secreto, y sus relaciones con distintas personalidades nazis y fascistas, tampoco. Que había tenido una relación con el ministro de exteriores de Mussolinni era conocido por todos y lo de que se había quedado embarazada de él y que tuvo que abortar, un rumor que corría de boca en boca.

Por suerte para todos, la jugada le salió mal y acabada la guerra, el rey los mandó a Bahamas, donde el duque de Windsor ejercía como gobernador. La reina Isabel (madre de la actual Sumaje) prohibió a todas las mujeres que se relacionaban con Wallis que le hicieran reverencias y que la tratasen de alteza, lo que a Wallis le cabreó como a una mona.
Wallis y Eduardo, sufriendo el durísimo castigo de estar confinados en Bahamas. Es increíble lo que el ser humano puede llegar a soportar. You could be heroes.

Después de una temporada en Bahamas, sufriendo lo indecible, decidieron que ya estaba bien de vivir aquel infierno y se mudaron a París. En Francia, donde hacía más de doscientos años que habían acabado con la monarquía, los veían como algo exótico y los invitaban a fiestas donde los lucían como monos de feria. Se dice que Eduardo hacía miles de regalos a su mujer, como joyas de Cartier y de Van Cleef, pero por lo que fuera, se le olvidaba pagarlas, lo que por supuesto, despertaba los cuchicheos y los chascarrillos de la alta sociedad francesa, con el consiguiente mosqueo de Wallis. 

"Wallis, ve saliendo tú, que viene por allí el dependiente de Cartier. Corre, Wallis, corre"
Wallis estaba harta de que nada le saliera como ella había planeado. Ella, que se veía como reina de Inglaterra, con todos los nobles postrados a sus pies, no era más que una friki cuyo marido no pagaba las joyas. Harta de todo, pensó en pedirle el divorcio a Eduardo, pero su cuñada, la reina de Inglaterra, la amenazó con sacar a la luz su pasado, lo que suponía dar publicidad a los rumores que afirmaban que Wallis había sido prostituta en su Pensilvania natal y que había participado en orgías en prostíbulos chinos con su primer marido. Cuentan que fue su venganza por haber arrastrado a su marido al trono, dinamitando los planes de vida tranquila y campestre que ella tenía.

Eduardo murió en 1972 sin dejar descendencia, pues las malas lenguas dicen que su amor por Wallis era más platónico que otra cosa y que jamás la tocó ni con un palo. En cualquier caso, los últimos años de Wallis transcurrieron entre la demencia y el alcoholismo. Se comenta que apenas se alimentaba más que de lechuga y vodka. Al fallecer, legó la mayor parte de su herencia al Instituto Pasteur, lo que sorprendió a la familia real, dado que Wallis jamás se interesó por las obras de caridad. 

Wallis en el entierro de su marido, acompañada por su cuñada, la reina Isabel
Wallis fue enterrada en el Cementerio Real de Frogmore, junto a su marido, en dos sencillas tumbas en el jardín, sin duda muy alejadas de la pompa y el boato que ella creyó merecer.

Tumbas del rey Eduardo VIII y de Wallis, cuya única inscripción fue "Wallis, duquesa de Windsor"




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lunes, 30 de marzo de 2020

Capítulo 3. Jorge V, el primer Windsor.

Contábamos en el capítulo anterior que Eduardo VII estaba emparentado con toda la monarquía europea y claro, pues como en todas las familias, hay cuñados con las que te llevas fenomenal y otras con las que no te puedes ni ver, y si es mentira, venís y me lo decís.

El caso es que Eduardo VII era cuñado de Alejandro III de Rusia, dado que las mujeres de ambos eran hermanas. Por eso, al llegar el verano, ambas familias veraneaban juntas, como tú con tu cuñada, solo que vosotros os vais al apartamento de La Manga y estos se iban al palacio que tenían en las afueras de Copenhague. Pero por lo demás, igual.

Claro, de veranear juntos, los hijos de ambas familias se hicieron muy amigos, sobre todo Jorge y Nicolás, que además serían los herederos a los tronos de sus respectivos países.
Nicolás de Rusia y Jorge de Inglaterra, primos y separados al nacer
¿Y qué pasó? Pues que había un tercer primo, Guillermo II de Alemania, que era hijo de Victoria, hermana de Eduardo y Alejandro, al que no invitaban a comer sándwiches de nocilla en el apartamento de Torremolinos y que, por consiguiente, no tenía mucho feeling con sus primos.

A todo esto, en Europa, empezaba a haber un mal rollo considerable, básicamente porque los grandes imperios de épocas anteriores comenzaban a entrar en crisis y a chocar con las ideas políticas que reclamaban otro orden social. En 1914 Gavrilo Princip se cargó al archiduque Francisco Fernando de Austria, que era íntimo amigo de Guillermo y ahí ya se lió parda. Austria quiso declararle la guerra a Serbia, y los rusos se metieron por medio para defenderlos. A todo esto, Guillermo había prometido ayudar a Austria en todo lo que pudiera, pero lo que no se podía imaginar era que eso iba a significar acabar declarándole la guerra a su primo Nicolás.
Guillermo II, el primo al que no invitaban a los cumpleaños
¿Y de parte de quién creéis que su puso Jorge? Pues efectivamente, Reino Unido se alió con Francia para defender a Rusia, lo que significó que Reino Unido entró en guerra contra Alemania.

Y aquí es donde se hace necesario hacer un pequeño parón para recapitular. ¿De quién era hijo Jorge? Correcto, de Eduardo VII. ¿Y de quién era hijo Eduardo? Efectivamente, de la reina Victoria y de Alberto Sajonia-Coburgo Gotha. Que os lo pongo así en negrita y subrayado para que me digáis a qué os suena ese apellido. A ser de Sussex, precisamente, no, ¿verdad? Tú oyes hablar de Sajonia, de Coburgo y de Gotha y así a bote pronto, te viene Alemania a la cabeza, o Batman, si eres muy friki. En conclusión, que Jorge, que era nieto de Alberto y de Victoria, además del trono, heredó el apellido de sus abuelos.

Jorge había subido al trono en 1910 y ya desde entonces se veía venir que lo de Reino Unido y Alemania no iba a acabar bien. Sus asesores, que eran muy avispados, le dijeron que igual lo de llevar un apellido alemán, siendo rey de Inglaterra y teniendo ese mal rollo con Alemania, no era buena idea del todo. Jorge dijo que sí, que lo iba a pensar y que ya les diría algo.
Jorge V pensando en un apellido nuevo
Llega 1914, estalla la I Guerra Mundial y los asesores de Jorge le dijeron, "Jorge, mira, que no queremos ser pesados, pero que te tienes que buscar otro apellido, que la gente no entiende muy bien eso de que estemos mandando a nuestros jóvenes a luchar contra Alemania en nombre de un rey que lleva un apellido alemán". Pero Jorge estaba a sus cosas de reyes y un día por otro, fue dejando la cosa.
"A ver, un apellido que no sea alemán... déjame que piense"
Total, que nos plantamos en 1917, los alemanes y los ingleses matándose y Jorge con el apellido sin cambiar. Hasta que un día como otro cualquiera, unos aviones alemanes bombardearon Londres, causando cientos de muertos. Casualidades de la vida, aquellos aviones eran de la factoría alemana Gotha, uno de los apellidos de rey. Imaginaos la cara de los asesores cuando fueron a contarle el pastel.

"Me cambio el apellido, ¿verdad?"
Ahí ya sí que se puso las pilas, sacó tiempo de donde no lo tenía y resolvió que sí, que tenía que cambiarse el apellido, que lo veía claro. La primera propuesta fue Lancaster, pero lo de la rima de "la cagaste" era muy fácil, así que pasaron del tema. Luego se les ocurrió que Tudor podría molar, pero les recordaba a María Tudor, Bloody Mary ("María la Sanguinaria") para los amigos y, por lo que sea, no les terminó de cuadrar. Después de muchas deliberaciones y cuando ya estaban a punto de tirar la toalla, Lord Stamfordham vio la luz: Windsor sería el apellido. El castillo de Windsor se construyó en 1066 y desde entonces, siempre ha sido residencia permanente o de vacaciones de los reyes británicos. Además, es el lugar de eterno descanso de varios príncipes, reyes y reinas, entre ellos, el propio padre de Jorge V, Eduardo VII. Elegir este apellido les conectaba con un linaje que en realidad, no era el suyo, pero que les daba como más abolengo y enraizamiento con el pueblo británico. Además, empezando por W son de los últimos de la lista, así que siempre les toca más tarde entregar los trabajos. Todo ventajas.
Pues ya tenemos apellido
Así que amigos míos, desde 1917 los Windsor son los Windsor, aunque si creéis que los problemas con los apellidos de esta familia han acabado aquí, estáis muy equivocados. Seguiremos descubriendo más en los próximos capítulos.


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lunes, 23 de marzo de 2020

Capítulo 2. Eduardo VII, el tío de Europa.

En el capítulo anterior descubrimos que a Victoria y a Alberto les gustaba más darle a la mandanga marital que a un español comprar papel del váter, y claro, tanta efusividad conyugal tuvo sus consecuencias. Cinco hijas y cuatro hijos más bonitos que un sanluís. Las chicas fueron casadas con mozalbetes tan regios y nobles como ellas, dejando a su vez una descendencia que enraizaría con las casas reales de toda Europa. Su hija Beatriz, la más pequeña de todos, se casó con Enrique de Battenberg, y su unión pronto daría como fruto a la pequeña Victoria Eugenia de Battenberg, que posteriormente se casaría con Alfonso XIII y más posteriormente sería la bisabuela de nuestro actual rey, Felipe VI.

Pero no nos adelantemos, que para eso aún falta más de un siglo. De todos sus hijos, del que nos vamos a ocupar hoy es de Alberto Eduardo, Bertie para los amigos, porque es el llamado a reinar tras la muerte de su madre. Bertie era un niño muy sociable, despierto, simpático... pero lo que es listo, listo, no les salió.
Aquí Berti vestido de domingo
Os podéis imaginar el drama. Que si el niño nos ha salido tonto, que si vamos a ponerle un profesor particular, que si mira el zagal de los vecinos, que lo saca todo matrícula... Al pobre lo agobiaron lo que no está en los escritos. Pero hete aquí que con dieciocho años les dijo a sus padres "ahí os quedáis" y se fue a estudiar a Oxford. Pues va el tío y empieza a coleccionar sobresalientes como si no hubiera un mañana. Moraleja: no agobiéis a las criaturas.

Cuando acabó los estudios se fue de gira por EEUU, a lo Rosalía pero sin chándal deluxe y sin uñas y a la vuelta, lo mandaron a Alemania, supuestamente a hacer cosas de príncipes, pero su madre, que era muy lista, ya lo tenía todo organizado para que casualmente, Bertie se encontrase con Alejandra de Dinamarca, una muchacha muy limpia y de muy buena familia. La cita se desarrolló por los cauces previstos y Bertie pagó la cena, porque él era muy caballero y entonces lo del feminismo no lo petaba mucho. 
Alejandra, ¿tendrías una segunda cita con Bertie?
Después de varias citas, la cosa se puso seria y Bertie le hizo la pregunta: ¿quieres que mi madre sea tu suegra? La incauta le dijo que sí - sin saber lo que se le venía encima - y Bertie se puso tan contento que decidió que lo mejor iba a ser darse la vida padre antes de casarse, por si luego no podía. El zagal tenía cara de enterrar a gente en el jardín, pero cuando eres príncipe de Gales, duque de Cornualles, conde de Chester y caballero de la Orden del Cardo, esas cosas no importan. Total, que estando en Irlanda de maniobras, una noche Bertie salió a tirar la basura y al volver, sus amigos le habían abierto la puerta de su tienda a una actriz llamada Nellie Clifden y, sin querer, se acostó con ella. Varias veces. El padre de Bertie, Alberto, se enteró de que su hijo era un poco golfo, más que nada porque todo el mundo hablaba de ello y fue a leerle la cartilla, con tan mala suerte de que se volvió a casa con fiebre tifoidea y se murió. 

Yo no sé si os hacéis una idea de cómo le sentó esto a Victoria (spoiler: mal). Si ya le tenía tirria a su hijo Bertie por ser un crápula, que su adorado Alberto se contagiase de fiebres tifoideas por ir a echarle la bronca fue el remate del tomate. "No puedo, ni podré, mirarlo a la cara sin estremecerme", dijo Victoria, lo que traducido quiere decir "si se me pone por delante, le arranco la cabeza".

Dos años estuvo sin hablarle a su hijo; aún así, la reina Victoria se las apañó para organizar la boda de su hijo con Alejandra, a la que tampoco volvieron a preguntar si se quería casar con este señor. Ella ya había dicho que si y santa Rita, Rita. Cuando hablamos de organizar la boda, nos estamos refiriendo a que la reina le dijo a Alejandra el día y la hora a la que tenía que estar en el castillo de Windsor y poco más, porque la pobre pintaba poco en todo esto. ¿Y por qué en Windsor y no en Westminster? Pues por dos razones. La primera, porque a la reina Victoria le salió de las narices. La segunda, porque a la reina Victoria le dio la gana. La mayoría de los parientes de Alejandra no fueron invitados y a las señoras se les restringió la gama de colores que podían vestir al gris y al lila. Pero no es que la reina le guardase rencor a su hijo ni nada de eso. Qué va. 

Alejandra el día de su boda, antes de saber la suegra que le había tocado en suerte
Después de la boda, la relación entre suegra y nuera se desarrolló de la manera típica que se desarrollan estas relaciones: Alejandra tenía que informarla de cuando le iba a bajar la regla para que no coincidiese con los bailes de palacio. No me digáis que vosotras no lo hacéis. La relación de Bertie y Alejandra tampoco se salió de lo habitual en estos casos: la pobre Alejandra tenía más cuernos que el Mesón Taurino.  Cincuenta y cinco amantes confirmadas tuvo el bueno de Bertie, entre ellas la actriz Sarah Berhanrdt, la cantante Hortense Scheneider, la madre de Winston Churchill y atentos a esto, Alice Keppel, que dicho así no os sonará de nada, pero si os digo que esta señora, posteriormente tuvo una bisnieta que se llamaba Camilla, muy dada también a las relaciones extramatrimoniales con miembros de la realeza, igual atáis cabos. Se dice, se rumorea, que en realidad la abuela de Camilla era hija de Bertie, pero son rumores sin confirmar. 
Con tanto desgaste, el bueno de Bertie se ponía como el tenazas y acabó como vamos a acabar más de uno después de esta cuarentena, con obesidad y diabetes. 
"Bertie, cariño, tú no estás gordo, estás fuerte"
Fijaos si estaba obsesionado con zampar, que obligaba a sus invitados a pesarse antes y después de las cenas de palacio, para comprobar que se habían cebado a base de bien. La familia real mantiene esta costumbre y lo sigue haciendo en la cena de Navidad, y ya os imagináis que ma-to por ver a Kate y a Meghan en ese trance. Suponiendo que a Meghan la vayan a seguir invitando a cenar con la familia después de irse como se fueron (que conmigo eso no hubiera pasado, ni cotiza, pero ya es tarde para nosotros, Harry, ya es tarde).

A la muerte de la reina, Bertie subió al trono con el nombre de Eduardo VII y se le conoció como "el tío de Europa", porque pasaba como con los Montoya, los Heredia y los Amaya, que son todos primos. Sobrinos suyos eran el Zar Nicolás de Rusia (que era clavadico a nuestro próximo protagonista, Jorge V), Victoria Eugenia de España y Sofía de Grecia, su yerno era Haakon VII de Noruega, Federico VIII de Dinamarca, su cuñado y Carlos I de Portugal, su primo. 


Empezando por la izquierda, arriba: Haakon VII de Noruega, Fernando de Bulgaría, Manuel II de Portugal, Guillermo II de Alemania (ojito a él, que la va a liar gorda), Jorge I de Grecia, Alberto I (el guaperas) de Bélgica, Alfonso XIII de España, Jorge V de Inglaterra (el hijo de Bertie) y Federico VIII de Dinamarca. 

Pero como es lógico, entre tanta parentela, alguno tenía que caerle mal y le tocó a Guillermo II de Alemania, el típico sobrino listillo que te tiene HEMBIDIA y que luego se la liaría pardísima, vamos tan parda como la I Guerra Mundial. Pero eso ya os lo cuento en el capítulo 3.
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jueves, 19 de marzo de 2020

Los Windsor. Capítulo 1: Victoria & Alberto


Pocas familias hay en el mundo cuya historia sea tan apasionante como la de los Windsor, una historia que, en sentido estricto, empieza incluso antes de que los Windsor existieran.
Pero no os preocupéis, que no voy a empezar este #AsiVemosLosWindsor por el principio de los tiempos, apenas me voy a remontar un siglo atrás.

Nuestra primera protagonista es Alejandrina Victoria de Hannover, nacida el 24 de mayo de 1819 en el palacio de Kensington (Londres). Podríamos decir que Alejandrina era una niña alegre y pizpireta, pero sería una trola, porque la verdad es que la criatura tuvo lo que podríamos denominar una infancia de mierda. La pobre se quedó huérfana de padre al cumplir un año y su madre, la duquesa de Kent, que era una sargenta, la tuvo atada en corto todo el tiempo que pudo. Con la ayuda de su mayordomo, Sir Conroy, al que según los rumores se trajinaba, la madre de Alejandrina la mantuvo alejada de otros niños de su edad y de todas aquellas personas que consideraban que eran potencialmente peligrosas para ella, lo que en la práctica se traducía en todos los miembros de su familia paterna. Cuando la zagala se fue haciendo mocica, la madre estaba tan obsesionada con la virtud y con preservar la flor de Alejandrina que la obligaba a compartir alcoba con ella, no fuese a ser el demonio. 

Victoria cuando aún dormía con su madre
El mismo año que murió su padre, también falleció su abuelo, pero hasta unos años después, Alejandrina no se empezó a oler la tostada de lo que se le venía encima. La cosa debió ser algo como lo siguiente:

- Alejandrina, ¿qué te iba yo a decir? ¿Tú te has coscado de que el rey es tu tío, verdad?
- Algo he oído.
- Y tú te has dado cuenta de que tu tío Guillermo, que está muy malico, hijos legítimos que estén vivos no tiene, ¿no?
- Y yo qué sé, si no me dejan jugar con nadie. 
- Pues calienta, que sales. 

Os podéis imaginar que las relaciones de la madre de Alejandrina con la familia paterna de su hija eran un poquico tirantes. Vamos, en Nochebuena no se mandaban wasaps con filtros de Snapchat para felicitarse. Fijarze bien cómo sería la cosa que el chache Guillermo dijo en cierta ocasión que no tenía intención alguna de morirse antes de que Alejandrina cumpliese los dieciocho, porque morirse antes supondría que su cuñada fuera regente, y por ahí sí que no pasaba. Pues cumplió su promesa. Nada más cumplir los dieciocho Alejandrina, el chache Guillermo dijo hasta luego, Lucas. Eso convirtió de facto a Alejandrina en reina, cuyas primeras decisiones fueron cambiarse el nombre por el de Victoria, porque lo de Alejandrina le sonaba a muñeca repollo, y echar a su madre del dormitorio, que ya estaba bien. 

La movida era que, como es normal, Victoria estaba soltera y había que casarla, más pronto que tarde. En aquel momento, ella andaba un poco enamoriscada de Lord Melbourne, que era el primer Ministro, así que cuando su tío Leopoldo le propuso que se casara con su primo Alberto Sajonia Coburgo, le dijo que "te lo agradezco, pero no". Pero claro, eso fue antes de verlo, porque parece ser que cuando se lo presentaron, a Victoria se le cayeron las enaguas al suelo y dijo que todo por la patria y que si había que casarse con aquel mocetón de metro ochenta, ojos azules como el cielo y nariz prominente, pues que ella hacía el esfuerzo. Y le entraron las prisas, porque en aquella época, ni un besico antes de pasar por el altar y ella estaba deseando enseñar a aquel mozalbete alemán los rincones más oscuros de la Gran Bretaña. 
"Alberto, cari, ven un momentico a mis aposentos, que hay
que... cambiar una bombilla"
Nueve hijos tuvieron, aunque se cuenta que a ella le gustaba más hacer hijos que estar embarazada. Claro, la mujer se pasó media vida embarazada y eso hizo que Alberto asumiese muchas responsabilidades de la corona, lo que a Victoria le tocaba las narices, porque coño, la reina era ella y montaba unos pollos de escándalo. Tales eran las movidas que a veces Alberto le metía notas por debajo de la puerta por miedo a que le arrancase la cabeza. Sin embargo, ella estaba loca por él, hasta el punto que, como Alberto murió tras visitar a su hijo Bertie (quién después sería el rey Eduardo VII), le echó la culpa y dejó de hablarle por los siglos de los siglos. Victoria murió en 1901 y aunque pertenecía a la casa Hannover, podemos considerarla la matriarca de la familia Windsor, como veremos en siguientes capítulos.

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domingo, 1 de septiembre de 2019

Septiembre... otra vez.

Ya lo decían Greenday, wake me up when september ends y yo no puedo hacer otra cosa que darles la razón. Septiembre me agota desde antes de empezar, así mismo os lo digo. No es que yo sea una gran amante del verano, como ya confesé el año pasado en este post, de lo que soy la fan número uno es de la procrastinación. No me voy a marcar el pegote de que a mí lo que me gusta es estar sin hacer nada, porque aunque sea total y absolutamente cierto, mi condición de madre de tres criaturas menores de diez años hace que no recuerde la última vez que pasé más de quince minutos tirada en el sofá mirando la vida pasar.


Yo, a lo máximo que puedo aspirar es a vivir sin horarios, creo que es mayor lujo que puede tener una madre persona. La lavadora hay que seguir poniéndola, pero igual te da hacerlo a las ocho de la mañana que a las seis de la tarde. La ropa no se plancha sola, pero se queda igual de bien si lo haces a las diez de la mañana o las diez de la noche. La comida hay que hacerla, pero como no tienes que llevar a los niños a fútbol, ni a ballet, ni te tienes que ir a buscar al pequeño a kárate, pues no importa si comes a las dos o a las tres y media. La laxitud de los horarios y lo de poder ir al súper tal cual sales de la piscina es lo que más me gusta del verano.



Pero amigos, eso se acabó. Hoy es uno de septiembre y partir de hoy toca correr, vivir estresado, cuadrar horarios, calentarte la cabeza con cuestiones como qué puñetas vas a hacer con tus hijos si ellos salen a la una del colegio y tú a las seis de trabajar, preguntarte cómo es posible que si normalmente recibes tres o cuatro emails de trabajo al día, tengas acumulados en la bandeja de entrada más de quinientos correos sin leer... y pesarte. Que estás más gorda que en junio ya te lo hueles, te lo dice tu intuición de mujer, el cargo de conciencia de saber que has comido helados por encima de tus posibilidades y te lo canta por Rosalía ese pantalón que te abrocha... a ver cómo te lo digo...


Pero aún así, tenemos el cuajo de pasar por el trago de subir a la báscula, comprobar que, efectivamente, no era tu imaginación y que eres cuatro kilos más feliz de lo que lo eras antes del verano. ¿Y eso qué conlleva? Pues la hecatombe, la madre del cordero, la perdición, el grado máximo de maldad que puede alcanzar el ser humano: los propósitos de septiembre. Vamos a ver una cosa, ¿esto no era en enero? ¿A santo de qué tenemos que ponernos otra vez a plantearnos metas vitales? ¿Esto lo hemos copiado de los USA, como Halloween? ¿Hasta cuando duran los propósitos de septiembre? ¿Se invalidan con los de enero? ¿Se vale repetir? Lo único que tengo claro es que parece resultar imprescindible hacer una lista de cosas que potencialmente van a cambiar tu vida de una manera radical y que, a partir de hoy, debes poner todo tu empeño en cumplir. Yo, que me apunto a lo que sea, no voy a ser menos, así que aquí os dejo mi lista de propósitos para este nuevo año que comienza hoy:

1. Perder veinte kilos.
1. Perder quince kilos.
1. Perder diez kilos.
1. Perder cinco kilos.
1. No engordar más.
2. Desmaquillarme todas las noches. No vale eso de bah, si no llevo rímel, a tomar por saco.
3. Empezar DE VERDAD a usar una crema de contorno de ojos. Esto incluye, además de comprarla, ponérmela cada noche. En su defecto, empezar a ahorrar para ponerme botox, hialurónico o lo que sea que haga que mis párpados vuelvan a donde han estado toda la vida.
4. Convertirme en realfooder.
4. Dejar de comer mierda.
4. Reducir el consumo de azúcar y ultraprocesados.
4. Comer cinco piezas de fruta al día.
4. Intentar no comer porquerías más de una vez por semana.
5. Desterrar de mi vida y de mi vocabulario lo de un capítulo más y me duermo. Así podré dormir ocho horas, lo que sumado a beber dos litros de agua al día me va a convertir en Giselle Bündchen, por lo que tengo entendido.
6. Hacer la lista de la compra en casa e ir al supermercado solo una vez por semana. Con el estómago lleno, a ser posible, para poder cumplir con los puntos 1 y 4.
7. Silenciar los grupos del whatsapp de madres y no contestar, ni entrar al trapo en discusiones del tipo "yo es que no entiendo por qué se tienen que disfrazar de Halloween si eso aquí no se ha celebrado en la vida".
8. Llevar siempre las uñas bien arregladas y, en la medida de lo posible, las cejas y el bigote depilados.
9. Echar la carta de los Reyes Magos y de Papa Noel antes del 23 de diciembre.
10. Que el cambio de ropa de verano-invierno no se me solape con el cambio de ropa de invierno-verano.

Y ya estaría. Yo, de momento, lo voy a apuntar todo en un post-it y lo voy a pegar en sitios estratégicos, como el espejo del baño, el frigo, el mando de la tele y el móvil. Pero ya, si eso, lo hago mañana, que hoy es domingo y los domingos no cuentan. La procrastinación y tal, ya tu sabeh.

¡Un abrazo chillao!

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lunes, 28 de enero de 2019

Tengo derecho a no estar buenorra

Recibo esta mañana un mensaje de mi amiga Ana, en Instagram: "He visto esto y no he podido evitar pensar en ti", me dice. Cómo me conoce. Esto no es otra cosa que una especie de artículo de la revista Elle, donde se elogia el "potente gesto" que ha tenido la modelo actriz cantante loquesea Chiara Ferragni. No te preocupes si no sabes quién es, que yo tampoco le ponía cara al principio. El caso es que la muchacha, con un par, ha subido una foto a Instagram, tapándose las teticas con el brazo, reivindicando su derecho a estar buenísima después de ser madre. Pohclaro. Ah, pero no, no te vayas a creer que es que esto es una chorradica así sin transcendencia, que es que la gente ("la gente") se mete con ella porque está que se rompe de buena y eso a una madre no se le puede consentir. Hombre, hasta dónde vamos a llegar. Que nadie tiene derecho a ridiculizarte por ser madre y estar buena, dice la moza, os lo juro por mi vida.

Chiara Ferragni, exigiendo su derecho a estar buena y a que no te dejen en ridículo por ello
Yo os voy a decir una cosa, desde el fondo de mi corazón: como madre, como mujer, como bloguera, como maestra, como opositora y como escritora, EXIJO mi derecho a no estar buenorra all the time. Porque mira, porque sí. Porque me revienta ya el temita. Porque después de albergar una criatura (tres, en mi caso) en mis entrañas durante nueve meses, después de sufrir de náuseas unas quince semanas consecutivas en cada embarazo, después de engordar casi treinta kilos en mi primer embarazo y después perder menos de los que debía, después de luchar para no engordar más que lo justo y necesario en los dos siguientes, después de sacar tres criaturas por un lugar que estará preparado para ello, pero quién lo diría y después de pasarme meses sin dormir, con mis pechos llenándose y vaciándose cada poco tiempo, creo que me he ganado el derecho a no estar buena si no me da la gana.
Que ya está bien, hombre. Que sí, que está muy bien eso de cuidarse, del real food, del healthy, del fit y de mi abuela en bicicleta, pero no me agobies. Que me pongo mala cada vez que sale la cantante, presentadora, modelo o suslabores de turno y las revistas alaban que ha recuperado su figura en tiempo récord. No queda ni rastro del paso del embarazo por su cuerpo. Pues cómo me alegro por ti, mari, pero por mi cuerpo, el embarazo no es que pasase, es que arrasó. Estrías, flacidez, manchas, descolgamientos varios... vamos, lo que viene siendo traer una criatura al mundo. Sí, ya sé que las hay con suerte y salen del paritorio con los vaqueros slim fit abrochados, pero vamos a reconocer una cosa, lo normal, no es. Y luego están las otras, las que los medios califican de valientes porque se atreven a mostrar que en su barriga postparto, igual se dejaron a algún otro bebé. Valientes. Ajá.
Me contaba mi amiga que el artículo lo había leído en el Instagram de una de estas mujeres cuya aportación a la Humanidad es decir que, para evitar la depresión postparto, te pintes los labios de rojo. A lo mejor es porque yo no soy instamami y esa parte de la sabiduría maternal se me escapa, pero yo pienso que, lo mismo, para evitar la depresión postparto igual vendría mejor padres implicados al completo tanto en el cuidado de sus hijos recién nacidos, como en el cuidado de la madre, a la que le acaba de pasar un camión por encima. Igual para la depresión postparto vendría mejor que la sociedad dejase de presionarnos con estar delgadas, jóvenes, tersas, sin un pelo y maquilladas desde que nos levantamos. No sé, lo mismo dejar de decirnos que podemos (debemos) ser sexis cuando lo más seguro es que no nos apetezca una mierda, nos ayuda un poco a no sentirnos una basura si han pasado seis meses desde que diste a luz y no cabes en los pantalones (ni parece que vayas a volver a caber en la vida).
Ahora, eso sí os lo digo, no meterse con Chiara, que la pobre mujer no tiene la culpa de estar tan buena, ni de tener tanto tiempo libre.

Un abrazo chillao.
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viernes, 25 de enero de 2019

El dolor en directo

Corría el año 1985. Yo apenas tenía la edad de mis hijas mayores, era tan solo una niña de siete años, y a pesar de haber olvidado lo ocurrido durante más de treinta años, desde hace unos días, no puedo quitarme su imagen de la mente. Sus ojos, completamente negros. Su pelo, corto y muy rizado. Su tez, tan morena. Apenas podía sacar la boca del agua y estaba permanentemente agarrada a un tronco de madera que se encontraba a la altura de su frente. Se llamaba Omayra, tenía trece años y había quedado atrapada entre los escombros de su casa tras la erupción del volcán Nevado del Ruíz, en Colombia. Televisiones de todo el mundo retransmitieron durante tres días, ininterrumpidamente, su agonía.

Desde hace doce días estamos asistiendo en riguroso directo al ejercicio de exhibicionismo más bochornoso que he visto en los últimos treinta y cuatro años, desde que Omayra prácticamente murió en directo ante las cámaras de medio mundo. Desde hace doce días se nos está retransmitiendo el minuto a minuto de la agonía de una familia, de un pueblo y de una sociedad que parece necesitar un ejercicio de catarsis colectiva para soltar todo el fango que llevamos acumulado. Y cuando digo que se nos está retransmitiendo en directo, lo digo literalmente; no son pocos los medios de comunicación que emiten a través de la señal de vídeo en directo, desde el Cerro de la Corona, los movimientos de las máquinas que trabajan sin descanso por llegar a donde - se cree - se encuentra el pequeño de dos años. Lo que pueden aportar a la sociedad doscientas ochenta y ocho horas de señal en directo de trabajos de ingeniería, lo desconozco. Lo que sí sé es la sensación de bochorno que me provoca todo lo que se ha generado alrededor. Imágenes como las de los padres completamente destrozados, con música dramática de fondo, venga, dale, que se le pongan los pelos de punta al telespectador, que llegue hasta las lágrimas, por si la sola visión de esos padres, que deben estar muertos en vida, no consigue emocionarlos. Expertos de todo tipo y condición, ingenieros civiles, geólogos, criminólogos, investigadores de sucesos, psicólogos, todos ellos licenciados en sabelotodismo, dando su inestimable opinión sobre encamisados, microvoladuras, compactación de materiales y otra serie de conceptos que, probablemente, hace un mes, ni conocieran. Y por supuesto, que no falte su figura mediática, Juan José, erigido en patrón de las desgracias y convertido en portavoz de una familia que, con toda seguridad, ahora mismo no sabe ni por donde le da el aire. Pero bueno, no pasa nada, aquí él ha venido a ayudar - eso dice - y ayudar se traduce en salir ante las cámaras diez días después de que el pequeño cayera al pozo, diciendo que todos en la familia - incluyéndose a él mismo - están deseando volver a abrazar al niño y verlo correr por su barrio de nuevo, con su triciclo (eso es, Juan José, venga, que ya casi has hecho llorar ya a los espectadores, tú puedes). Ayudar se traduce en mencionar al niño en un acto político, diciendo que todo el Partido Popular está contigo, campeón.  Ayudar se traduce en pedir a los espectadores que llenen todas las redes sociales de corazones, que oye, esto en realidad no vale para nada, pero así nos sentimos útiles y sobre todo, parte de la tragedia. Ayudar se traduce en grabar vídeos para su Facebook en los que nos recita su currículum vitae y nos dice que a él no lo critiquemos, que no tiene necesidad ninguna ni de estar ahí con la familia pasándolo mal, ni de meterse en política, pero que la prisión permanente revisable, bla, bla, bla. Juan José, que no es el momento.

Estoy muy segura de que todos, sin excepción, desearíamos que esta desgracia tuviera un final feliz. No tengo ninguna duda de que todos iríamos a excavar con nuestas propias manos si supiéramos que así íbamos a ayudar en algo. Y estoy totalmente convencida de que no necesitamos este exhibicionismo, esta manera de llevar el dolor al salón de casa, a la tertulia del bar, a la conversación de la cola de supermercado. No necesitábamos ver el dolor en directo para compartirlo.

Nota: Este post no tiene fotografías y la no utilización del nombre del niño es intencionada.
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miércoles, 28 de noviembre de 2018

Nosotros, en singular, se dice tú y yo


Capítulo 1
Al principio tampoco fue maravilloso

        Si tu ex te dice que no vas a encontrar a nadie como él, dile que esa es la idea. Seguro que lo habéis oído. Yo siempre quise usar esa frase para romper con Rafa. Me imaginaba saliendo de la habitación, con un golpe de melena, dejándolo con dos palmos de narices. Pero por alguna extraña razón, cuando discutíamos y él me decía que no iba a encontrar otro como él en la vida, en lugar de decirle, “a Dios gracias”, solo me salía sollozar “por favor, no me dejes”. Así de patético como suena. 
       Rafa y yo habíamos cortado como unas cien o ciento cincuenta veces, las mismas que yo había salido corriendo detrás de él para suplicarle que volviera, que sin él me moría, o algo incluso peor. Os podéis imaginar que lo del amor propio y el orgullo no era lo mío. Para nada. Lo mío, más bien, era dar gracias al cielo cada día por la inmensa suerte que tenía de estar con alguien como él, guapo, simpático, con dinero, muy popular... demasiado popular, diría yo, qué cabronazo.
       El caso es que me gustaría poder decir que al principio todo era maravilloso, pero que la cosa se fue enfriando, pero qué va. Desde el principio todo fue una puta mierda. Supongo que debí escuchar a mi hermana...
— Ada, por favor, ni se te ocurra liarte con Rafa, ni de coña.
— Claro, porque tú lo digas.
— No, Ada, porque yo lo digo, no. Porque es un capullo integral y te va a joder la vida. Hazme caso.
Pero no se lo hice y aunque me duela en el alma reconocerlo, tenía razón. Todos tenían razón. Y así pasaron ocho años de peleas, llantos, discusiones sin sentido, por motivos tan peregrinos como el hecho de que yo solo había comprado cocacola light para comer, sabiendo que a él no le gustaba – discusión que acabó con la cocacola estampada en la pared, por cierto –, cuernos, muchos cuernos, de los que tuve noticia mucho después y muchas rupturas que siempre acababan conmigo suplicando que no me dejara. 
Sin embargo, aquel día, agachada en el suelo, mientras recogía mis cedés de la estantería, sabía que esta ruptura no era una más. En primer lugar, había sido yo la que lo había mandado a la mierda, que vale que ya lo había hecho otras veces, pero esta vez iba en serio. No, no, en serio lo digo. Además, se lo había dicho a todo el mundo, incluidos mis padres, lo cual, sin ninguna duda, le otorgaba a aquella ruptura en concreto la categoría de punto de no retorno.
En otras ocasiones en las que la movida había sido tan fuerte como para decir “ahí te quedas”, yo había recogido mis cosas con parsimonia, despacio, mirándolo a cada segundo hasta ver en él alguna señal que me indicase que ya podía ir a implorar perdón, a decirle que lo podíamos arreglar, prometiéndome a mí misma que todo iba a ser distinto esta vez.
En esta ocasión yo iba a toda pastilla, con la única precaución de no coger ninguno de sus cedés que tanto odiaba. Si algo no le perdonaré en la vida a Rafa, además de todos los desprecios, humillaciones y putadas en general que me hizo, es haber estado tanto tiempo sin poder escuchar a Queen. En serio, era oír una canción y ponerme enferma. No es por rencor ni nada de eso, es por pura vergüenza ajena. Si lo hubierais visto hablar de Freddie Mercury como si fuera, yo qué sé, su hermano mayor...
Freddie nació con cuatro pares de incisivos. El cabecero de la cama de Freddie era un piano, para poder componer si se despertaba por la noche. Freddie no era inglés, era de Zanzíbar, aunque se crio en la India. Fridi ni iri inglissss...
Uf, es que es recordarlo y me pongo mala. Pero lo peor, lo que hizo que durante años no pudiera escuchar Bohemian Rhapsody sin ganas de arrancarme las orejas era, sin duda, recordar a Rafa imitando a Freddie Mercury, poniendo voces, caras, copiando sus movimientos... No había comida de amigos, cena con compañeros de trabajo o evento random en el que no se arrancase a cantar e hiciese corrillo a su alrededor. De verdad, Tierra, trágame y escúpeme en Australia.
Pero no, esta vez no había vuelta atrás, ni arrepentimientos, esta vez iba en serio, no había duda. Tenía prisa por salir de esa casa, tenía prisa por recoger todas mis cosas y pegar un portazo y no tenía ningún interés en que Rafa me mirase para indicarme que ya podía ir a suplicarle, porque esta vez era la definitiva.
Bueno, para ser sincera, también tenía prisa porque en un par de horas había quedado con Gonzalo, lo cual no dejaba de ser tremendamente irónico, porque yo no había quedado con Gonzalo para llorar por mi ruptura, yo había quedado con Gonzalo para comer y echar un polvo, así de claro te lo digo, y no necesariamente en ese orden. Dios, cómo lo deseaba. Era irónico porque Rafa, como todo terrorista psicológico que se precie, era enfermizamente celoso. Tenía celos de todo y todos, fundamentalmente porque era imbécil. Y un hijoputa, mira lo que te digo, porque hace falta ser imbécil e hijoputa para decirle a tu novia que su primo, que se ha criado con ella, le mira las tetas y se pone cachondo. Señor, qué asco...
Rafa tenía celos hasta de las bragas que llevaba; me la había liado por abrazar a Pablo, un compañero de la universidad al que hacía siglos que no veía, un día que nos encontramos en el teatro; me montó un pollo espectacular porque, según él, iba demasiado maquillada para ir a trabajar y me acusó de estar detrás de mi jefe de departamento – casado y con cinco hijos, del Opus, ojocuidao – ya que siguiendo su lógica enfermiza, “llevar tanga a la oficina es ir buscando guerra”.
Con todo, no sabía de la existencia de Gonzalo, porque Gonzalo era algo solo mío y yo me había ocupado de mantenerlo fuera de sus desvaríos. Habíamos mantenido el contacto desde antes del inicio de mi relación con Rafa, aunque luego dejamos de escribirnos. Pero unos seis meses antes de romper con Rafa, la casualidad hizo que nos escribiéramos de nuevo. Los correos entre Gonzalo y yo habían ido subiendo de intensidad a medida que pasaban las semanas y los meses, hasta que quedar con Gonzalo se convirtió en una obsesión para mí. Hubo noches en las que no me pude dormir hasta bien entrada la madrugada por miedo a hablar en sueños de él, o incluso, decir su nombre.
Yo tenía claro que no era buena idea ver a Gonzalo a escondidas de Rafa, principalmente porque me aterraba la idea de que pudiera enterarse y ensuciar nuestra historia con una movida de las suyas. Pero por encima de todo, porque yo sabía que cuando viera a Gonzalo se me iban a caer las bragas al suelo y que, a poco pie que él diera, nos íbamos a acostar, segurísimo.
Durante esos meses previos a mi reencuentro con Gonzalo, me encontraba en un constante estado de ansiedad. No podía quitármelo de la cabeza ni de día, ni de noche, y una desazón profunda me invadía cuando abría los ojos por la mañana y era la cara de Rafa la que veía. Todo esto, creo yo, me hizo darme cuenta de que a mí ya no me merecía la pena tener que buscar excusas para salir de casa, no me merecía la pena aguantarme las ganas que tenía de ver a Gonzalo, ni me merecía la pena reprimir las fantasías en las que él era el protagonista, porque las ganas que tenía de irme a la cama con Gonzalo no se debían solamente a que fuera el puto tío-perfecto-rubio-de-ojos-azules más guapo que había visto en mi vida. Las ganas que tenía de meterme en la cama con Gonzalo eran directamente proporcionales a las ganas que tenía de salir de la cama, de la casa y de la vida de Rafa.
Acabé de recoger, me incorporé y cerré la mochila. Miré a mi alrededor y sentí una punzada de pena y de tristeza al ver por última vez aquella casa. Recordé el día que fuimos a alquilarla. Rafa venía directamente de algún bar; al menos había pasado a ducharse, pero seguía oliendo a gintonic que tiraba para atrás. La noche antes habíamos salido a cenar para celebrar que habíamos encontrado una casa con el alquiler tirado de precio; lo que yo no sabía que a esa celebración también estaban invitados sus amigos, con los que, por lo visto, se fue a tomar la penúltima y la última – y la de después de la última –mientras que yo ya estaba en casa de mis padres durmiendo. Recordé el día que fuimos a comprar los muebles para el salón, que estaba sin amueblar; ese día fuimos felices y yo creí por unos días que realmente todo se iba a arreglar, que era cierto que el ambiente que se respiraba en casa de su madre, de permanente luto desde que murió su padre, era lo que le hacía perder los nervios de vez en cuando.
Aquello únicamente fue un espejismo como otros tantos, un trampantojo de la que fue mi realidad, que solo sirvió para enmascararla durante unos meses más. Es triste no ser capaz de recordar un solo momento de felicidad plena que le dé sentido a aquellos ocho años de mi vida. Ni un puto momento. Sinceramente, durante el tiempo que duró mi relación con Rafa yo creí ser feliz de vez en cuando; teníamos nuestras discusiones y nuestros problemas como todas las parejas, pero éramos felices. Qué equivocada estaba. Es increíble cómo un terrorista emocional te puede convencer de que eso que vives, es lo mejor a lo que puedes aspirar. Cómo puede hacerte creer a pies juntillas y sin lugar para la duda, que la vida es eso y que los demás, los que parecen ser perfectos, tienen su mierda de puertas para adentro, como la teníamos nosotros. Pero la verdad es que las parejas que se quieren y se respetan no dejan de hablarse dos días, porque te has quedado sin batería mientras que estabas de compras con tu madre. En las relaciones de pareja normales no es necesario ocultarle a tu novio que vas a tomar café con una amiga para que no te eche en cara que estás robando tiempo a vuestra relación. En las demás parejas, uno no hace sentir al otro una puta mierda.
En ese momento, Rafa levantó la vista de la pantalla de su móvil, me miró, bajó la mirada de nuevo y, antes de hablar, siguió trasteando, probablemente jugando al póker, durante unos segundos que a mí me parecieron horas.
— Espero que no hayas cogido ninguno de mis cedés. Hay algunos que son de coleccionista —dijo sin levantar la vista del móvil, mientras asomaba en su cara un gesto de fastidio. Habría perdido la partida.
— No te preocupes, no quiero ninguno de tus cedés de mierda. De hecho, no quiero nada tuyo.
— Hum... ¿te vas ya o estás esperando algo? —esta vez sí levantó la mirada para escanearme de arriba abajo.
— No, no espero ya nada de ti. Me voy ya mismo. De hecho, tengo prisa. He quedado —tenía la sensación de que las palabras salían de mi boca sin pasar por mi cerebro.
— ¿Sí? Que te vas, ¿a llorarle a la puta de tu amiga Virginia?
— Pues mira, concretamente no. Concretamente para llorar no he quedado —ojalá en aquel momento hubiera encontrado el valor para decirle que me iba a follarme a otro.
— Qué fantasía tienes, hija, de verdad. Qué sola te vas a quedar en la vida y qué hostia te vas a dar el día que te des cuenta de que has perdido al único tío que tiene los cojones de aguantarte —lo soltó sin apenas mirarme, como si estuviera convencido de que volvería a verme pronto.
— Vale, Rafa, muy bien —musité, masticando mis palabras.
— Ya volverás, ya. Cuando veas que ni tu padre te mira, ya volverás llorando, como siempre.
— Rafa, eres imbécil y me das mucha pena —notaba cómo la rabia me subía por la garganta.
— ¿Que te doy pena? Mira que eres ridícula.
— No, ¿sabes lo que es ridículo? Lo ridículo es que te hayas pasado ocho años amargándote con la idea de que pudiera ponerte los cuernos, pensando que podría meterme en la cama con cualquier amigo, compañero de trabajo u hombre en general que se cruzase en mi camino y que durante todo ese tiempo yo haya sido incapaz de mirar a nadie más. Y que precisamente hoy me digas que me voy a quedar más sola que la una, pues mira, me da la risa.
— ¿...? —me miró con gesto de no entender nada, como si le estuviera hablando de una persona a la que no conociese.
— Rafa, mira, vamos a dejarlo aquí, en serio, deja que esto acabe con la dignidad que no ha tenido en todo este tiempo —yo solo quería salir de allí, corriendo, si era preciso.
— Como si tú supieras lo que es la dignidad...
— Adiós, Rafa, me voy. Aquí dejo las llaves. Creo que no me dejo nada, pero si encuentras algo mío, tíralo.
— Si te vas, no vuelvas.
— No, si esa es la idea —¡Sí! ¡Por fin!

Y así acabó todo. Ya no más discusiones por ir demasiado maquillada. Ya no más sudores fríos al recibir un SMS con el texto “llamada perdida de RAFA”. Ya no más sentir el corazón en la boca cuando algún amigo se acercaba a saludarme mientras estábamos de copas. Si soy sincera, sentí cierto vértigo al cerrar la puerta de la que había sido mi casa los últimos años y tuve miedo de que mientras que esperaba el ascensor, esa puerta se abriese. Las piernas me temblaban. Gracias al cielo, la puerta no se abrió y horas después las piernas también me temblarían, pero por motivos bien diferentes...
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domingo, 2 de septiembre de 2018

Los últimos coletazos del verano

Antes de que podamos darnos cuenta, las páginas de Hola se nos llenarán de niños volviendo al cole, de estampados tartán, de familias random cocinando tartas de calabaza y de árboles de navidad. Pero mientras tanto, aún podemos disfrutar de los últimos coletazos del verano, antes de que nuestros famosos regresen (ejem) al trabajo.

Sofía Palazuelo, que sí... pero no.
La portada de esta semana es para Sofía Palazuelo, una chica con cara de colegio de monjas que resulta que es la prometida del nieto de la duquesa de Alba. El caso es que desde Hola, quieren, pero... psé. La pobre tiene cara de buena chica, pero ya. Pero bueno, Hola no ceja en su empeño y nos dan doble ración de reportaje, que ya tiene su mérito cuando el tema central de ambos es si la muchacha lleva bikini o bañador (heredado de la abuela de él, muy entrañable, como señala @ani.patagonia en @asivemoselhola). Bueno, su atuendo playero y que se casan en octubre. Y os vais a quedar muertos, pero coincide que el primo del muchacho... ¡TAMBIÉN SE CASÓ EN OCTUBRE, PERO DE HACE DOS AÑOS! Yo no sé vosotros, pero yo me he quedado fli-pa-da con la coincidencia.

El reportaje inmobiliario de la semana está dedicado a una diseñadora (ejem 2) que bien podría ser la hija que nunca tuvieron Inma del Moral y Marta Sánchez. El caso es que aquí tenemos otro ejemplo de superación, de cómo a pesar de que tu familia tenga influencias, poder y dinero, tú decides que quieres triunfar por ti misma, sin la ayuda de nadie. Y lo consigues. ¡Chúpate esa, mamá!
"A punto de acabar la carrera, mi madre me dijo que si no
conseguía  trabajo, me volvía a casa, pero yo ya había
decidido que lo conseguiría sin su ayuda".
En otro orden de cosas, Patricia Conde nos revela su nueva faceta de diseñadora (ejem 3), mostrándonos modelos de su colección como "mi marido me pide veinte mil euros", "la guardia y custodia de mi hijo la tengo yo en exclusiva" o "mi exmarido me pasa una pensión con la que no paga ni la quinta parte de los gaastos de mi hijo". La banda sonora del desfile corrió a cargo de "Tributé con arreglo a un criterio que Hacienda no comparte". Pero ella sale monísima en las fotos, tal parece Brigitte Bardot. 
Imágenes exclusivas en las que Patricia Conde se entera
de que Hacienda y ella no comparten criterios de cómo hay
que declarar los impuestos.
Esta semana también hemos tenido bodas, en concreto la de Hilary Swank, celebrada en un ambiente idílico, si como bien comentó @mgemil te llamas Bella y te gustan los chicos muertos que te chupan la sangre. El caso es que quitando cagarrutas de pájaro, bichos, barro y mosquitos, el sitio está muy bien, sobre todo para llevar unas sandalias de louboutin atadas al tobillo con una gasa y con un tacón de aguja de 15 centímetros.

Casarse en medio del bosque con un vestido largo blanco:
el concepto.
Mención aparte merecen las pobres niñas de arras de la boda. Vamos a ver, vamos a ver. ¿En serio cuesta tanto vestir bien a los niños? ¿Qué ocurre fuera de España para que los vistan continuamente de mamarrachos? ¿Sabemos qué consecuencias tendrá en el futuro de estos niños ver las fotos de su infancia? Muchas dudas. 

También ha habido tiempo para las confesiones. Concretamente, fuimos muchas las que confesamos que Luis Alfonso de Borbón nos ponía en su momento, es decir, hace quince años. Ahora, no es que haya envejecido mal, es que los años le han atropellado, se los ha comido, los ha vomitado y se los ha puesto por encima. Es como si hubiera sufrido una especie de transformación y/o mutación. Una pena. También nos llamó mucho la atención las camisetas que lucían sus hijos, con la inscripción "Borbón Vargas Crew", muy útil por si te olvidan tus apellidos o por si te pierdes. Ante todo, hay que ser práctico. 

Luisal completando su transformación
¿Y qué más? Pues que Hola sigue rompiéndonos el corazón mostrándonos la felicidad de Meghan y Harry (el día que anuncien el embarazo será el fin) y nos enseña como los Suecos nos llevan una vida de ventaja y mandan a los nenes en un trenecito al cole el primer día, para que la cosa sea menos dramática. Yo voto por implantar este sistema en España, pero no solo para el cole, también para los mayores. ¿O no molaría volver a la ofi montado en trenecito?

Español volviendo a la oficina el
primer día post-vacaciones
Esto ha sido todo por esta semana. Nos seguimos viendo por @asivemoselhola en Instagram.
¡Un abrazo chillao!



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sábado, 1 de septiembre de 2018

El impuesto Montessori

Hace unos días os preguntaba en Instagram qué se os venía a la mente cuando oíais hablar de "método montessori" y vuestra opinión sobre el precio de los materiales llamados montessori. La colaboración fue abrumadora y fuisteis más de cuatrocientas las que contestastéis a lo que preguntaba. Las respuestas, las que me esperaba: más o menos la mitad de vosotras os inclinabáis por definir el método montessori con palabras como creatividad, libertad, experimentación, descubrimiento, autonomía, respeto al desarrollo del niño... Mientras tanto, la otra mitad lo identificabáis con moda, método moderno, sacacuartos, pijo, secta, hippies, inviable, niños sin límites ni normas, timo y - esta me hizo mucha gracia porque se repitió muchas veces - camas en el suelo.

En cuanto a vuestras impresiones sobre los precios de los materiales montessori, la inmensa mayoría opinásteis que eran demasiado caros, innacesibles para la mayoría de las familias y que se han convertido en un gran negocio elitista.

De todas las respuestas que me disteis, me vais a permitir que me quede con una, porque resume a la perfección lo que os voy a contar en este post.

Gracias @yeseniapt por tu respuesta
Para centrar el tema, os voy a explicar muy brevemente lo que sí es el método montessori. Se trata de un modelo pedagógico entre cuyas bases podemos destacar:

  • la consideración del niño como un ser competente capaz de tomar decisiones, que debe ser agente activo de su propio proceso de aprendizaje
  • el proceso de enseñanza-aprendizaje tiene en cuenta los periodos sensibles en el desarrollo del niño (aquellos momentos de su desarrollo en los que el niño está más receptivo para adquirir un aprendizaje) 
  • gran importancia de la observación a través de los sentidos y de la experimentación en la naturaleza como forma de aprendizaje.
  • el fin educativo último es la autonomía en todos los ámbitos: emocional, social, moral y crítica.


El modelo educativo desarrollado por María Montessori, por tanto, aboga por dejar a los niños actuar con libertad, como forma de potenciar su desarrollo mental, siempre dentro de un ambiente preparado por el educador, entendiendo este ambiente preparado como un espacio educativo adaptado a las características y necesidades del niño. Es decir, el niño, efectivamente, actúa libremente, pero siempre dentro de los límites que le hemos marcado como educadores (maestros o padres).

Y es en este ambiente preparado donde entran en juego los materiales montessori, que es el quid de la cuestión. La señora Montessori estableció algunas de las características que debían tener los materiales para el desarrollo cognitivo apropiados para su método, entre las que destaco:


  • centrarse en una cualidad del objeto (peso, color, tamaño, forma, dureza...).
  • que sean autocorrectivos, es decir, que no sea necesaria la intervención del educador para corregir los errores.
  • que estén adaptados al niño, ya sea en tamaño, facilidad de manejo, que le sean atractivos y que motiven al aprendizaje. 
En principio no parecen unos requisitos que resulten en materiales prohibitivos, inaccesibles para la mayoría de las familias, demasiado caros o que puedan derivar en un gran negocio elitista, ¿no?
Pero ahora viene la madre del cordero. A principio de este siglo XXI resurgió un movimiento (que ojo, tampoco es nada nuevo, viene de la teoría del apego de Bowlby desarrollada en los años 50) al que se le vino a llamar crianza natural, que indudablemente casaba a la perfección con los postulados del método montessori. El siglo XXI, además, está siendo el siglo del consumismo y del capitalismo por excelencia, no hay duda, y hete aquí que nos encontramos con que la señora María Montessori no vio la necesidad de registrar su apellido, así que nos hallamos ante un cóctel molotov: padres que manejan un exceso de información, pero que en muchas ocasiones carecen de herramientas críticas para procesarla, oportunidades de negocio infinitas a través de las redes sociales y de internet en general y un nombre, convertido en adjetivo, montessori, que parecer ser garantía de una educación de calidad, del desarrollo óptimo de las capacidades del niño y en definitiva, la llave para conseguir hijos multidisciplinares y preparados para enfrentar el mundo. Nombre que además se puede usar sin ningún tipo de restricción ni control, puesto que al no estar registrado, no tiene derechos de copyright. 

Así no es de extrañar que nos encontremos con webs que venden "camas montessori" por más de 400€, "kits de limpieza montessori" por más de 40€ o "estanterías montessori" por casi 80€. Traducido esto a lenguaje de la calle, viene a ser cama a la altura del suelo (en Ikea desde 39€, colchón aparte), una escoba, un trapo, una fregona y un recogedor de juguete (en El Corte Inglés por 12€, además incluye cubo) o una estantería baja (con la misma utilidad en Ikea desde 5€). Perdonadme que no ponga las imágenes, pero no quiero tener problemas con los derechos de autor. Si queréis que os pase los enlaces de dónde podéis ver los productos "montessori", mandadme un privado en Instagram (@paulamgram).


Hemos creado así el impuesto montessori, ese adjetivo mágico capaz de incrementar el precio de  producto hasta en un 350%. ¿Si acuesto a mi niño en una cama montessori de 400 euros se va a levantar más listo, más multidisciplinar y con mayores capacidades que si lo acuesto en una vulgar cama de Ikea de 100 euros? Probablemente no. La autonomía y el desarrollo de sus capacidades no depende de que la cama se apellide montessori, depende de que, por ejemplo, la cama le permita dormir sin barrera y que esté situada a una altura del suelo suficientemente pequeña para que el niño pueda levantarse a hacer pipi por la noche sin necesidad de ayuda. ¿Será mi hijo el más listo del cole si le compro una fregona montessori de 40€ en lugar de una fregona de juguete de 5€? Pues el niño no lo sé, pero igual tú el más espabilao de los padres, no eres... 

Ojo, en ningún momento estoy diciendo que los juguetes didácticos no valgan lo que cuestan. Indudablemente, un buen juguete de madera o materiales naturales, diseñado y desarrollado por pedagogos, que cumple con una serie de objetivos educativos, en definitiva, un juguete de calidad, no es barato, aunque sin duda alguna, merece la pena invertir en ellos. Encontraréis multitud de tiendas que tienen maravillas (yo misma sigo a algunas de ellas en Instagram, pero no me atrevo a mencionarlas por miedo de olvidar a alguna. Prometo hacer labor de búsqueda y recopilación). Pero que no os engañen: que algo se apellide montessori no es garantía de nada. Sin duda ninguna, está mucho más cerca de los postulados de María Montessori un niño recogiendo hojas de árboles caídas y clasificándolas por su forma, color o tamaño que un niño jugando con un "gabinete botánico de madera montessori" de 110€, por muy montessori que se apellide. 

Parafraseando a @yeseniapt, si la pobre María Montessori levantase la cabeza, se moría del disgusto. 

¡Un abrazo chillao! 
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Mis novelas

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Nosotros, en singular, se dice tú y yo

Si sentara la cabeza, pensaría con el culo

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